A favor de decepcionar

Voto a favor de la rápida y contundente decepción del Valencia. Se nos había puesto cara de ilusos demasiado pronto. Así, con la misma velocidad que un lunes tras Cornellà este equipo era una mierda, al jueves, con el fichaje de un tipo que no vemos brillar desde noviembre, volvía a ser sideral.

Digerir el éxito no es lo nuestro, por muy liviano o efímero que éste sea. La ingesta de un gramito nos provoca salidas de tiesto.

No hemos venido a este curso a ganar la Champions, ni la Liga. Aunque el discurso y estatus —afortunadamente— siga siendo de otra época, en el campo aún estás muy lejos de esas alturas. Es lo que debemos tener claro para crecer sin hacernos daño.

Por eso me llama mucho la atención el nivel de rencor hacia muchos jugadores, debido, precisamente, a no asimilar esa verdad. Es gracioso leer las demandas que se les hace con una ligereza tal que resulta hasta entrañable observar cómo no se entiende que de tener dichas condiciones, o ser capaces de hacer todo lo que les piden, no estarían aquí. Y de estarlo, ya te hubieran ganado un par de orejonas. Corregir eso, y demás carencias, no sólo precisa de millones, también de tiempo. Que es la madre del cordero.

De donde viene el Valencia no se recupera uno en año y medio.

Pero es inevitable que la devastación de la entidad vaya por un lado, y las ganas de resurrección de la hinchada, por otro. Vidas en paralelo que transcurren en direcciones opuestas y a velocidades distintas. Soy más partidario de la segunda, esa actitud es la única que sacará del fango a una entidad mediocrizada. Sólo advierto de sus peligros, porque esa misma vía sin acompañarla de sentido común puede devolvernos al guerracivilismo gratuito. Como sucediera hace tres cursos.

Así, hay que ser conscientes que venimos de una hecatombe nuclear y estamos apenas iniciando el segundo año de una rehabilitación milagrosa cuya cura, aunque se de por hecha, no está asegurada. Pues este curso es el más complicado. Donde hay que consolidarse afrontando exigencias donde antaño sólo hubo comprensiones; que ahora no te van a cobijar. Un curso de una dureza terrible de la que no sabremos si estamos preparados para superar hasta que no llegue el momento.

Todo es bonito sobre el papel. Pero la vida real es otra cosa.

Por eso es importante comprender que a este grupo, hoy, no se le puede exigir esa madurez que exhiben proyectos de más años e inversión, porque el Valencia parte con una década de desventaja, y está lejos aún de alcanzarla. Si todo marcha, si nada se estropea o emponzoña, ese puntito de cocción que falta se conseguirá conforme avancen los meses y se vaya ganando músculo en Champions y regularidad en la Liga.

Respetemos el proceso, buscar atajos siempre trae funestas consecuencias.

Y ese, y no otro, debe ser el sentido de esta temporada, crecer, consolidar lo obtenido el curso anterior, ganar tono físico tras abandonar el hospital. Un año diésel adquiriendo velocidad al paso de un calendario que jugará en contra todo el curso.

Es lo que más me extrañó del verano, que nadie hiciera hincapié en el invento asimétrico, que parece (venga, no parece, lo es) elaborado por tu peor enemigo. Las ocho primeras jornadas, mientras dos juegan amistosos de verano, el resto se enfrentan entre ellos. La misma fórmula llegará de la jornada 20 a la 30, donde tendrás que jugar consecutivamente contra casi todos los candidatos a quedar del primer al octavo puesto. Sin olvidar un mes de diciembre que lo estrenarás con la serie Juve-Madrid-Sevilla.

Son elementos, estos, y muchos otros, que también debemos meter en la ecuación a la hora de pronosticar el año. Y aceptar que es posible que no te de para superar la fase de grupos de la Champions. Cosa que no debería verse, ni tomarse, como un drama. Ya que hacer caja en ella y caer a una Europa League muy ganable es también un aliciente. O que ser cuarto, este vez, no sea un paseo en barca, sino una enconada carrera de fondo decidida a última hora y de manera agónica.

Yo lo tengo asumido, y me lo pienso pasar pipa este año.

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