Mouctar el murciélago

La jugada más heroica de Mouctar la protagonizó en El Madrigal, sin bota, resbalando, sin perder la marca ni desatender sus obligaciones. Un sordo acto de patriotismo. El chico es así. Parece que nunca está, que no juega, nadie se fija en él y rara vez es protagonista de alguna hipérbole tuitera. Pero siempre cumple, incluso sacrificando su propio tobillo si es necesario.

Me cae bien Mouctar, su actitud me recuerda al personaje de Greg, en Succession, un lobo con piel de cordero al que nadie toma en serio, pero que conforme avanza la trama va cogiendo soltura destapándose como un cabronazo más en la saga de los Roy.

Si le prestáramos más atención es un rasgo que hubiéramos visto en los últimos encuentros, con algún aspaviento o gritando órdenes de manera tímida. Quizá le falte eso, darle tiempo al mal genio que lleva dentro para que luzca mejor su buen trabajo. Uno sin mácula. Capaz de resolver sus propios errores con disciplina nipona.

Estamos, se me antoja, ante un chico penalizado por sus pintas desgarbadas, de altura exagerada, por esos brazos descoordinados, como si no pertenecieran a su cuerpo, que en carrera alguna tarjeta le ha costado ya. Quizá sea uno de los motivos por los cuales parece que a Marcelino le cuesta confiar en él para los grandes envites. Ciertamente, tiene sus cosas. Pues como buen zaguero a la europea, criado en escuelas donde los defensas son eso, centrales de poderío aéreo y velocidad, y no iniciadores de juego o filigraneros con un cuatro a la espalda, da algo de miedo verle con el balón en los pies. Su peor faceta, una que pulirá con talento y minutos.

En el fondo me da algo de pena ese constante desdén a su buen quehacer. Porque representa muy bien el perfil de fichaje que siempre triunfa. Chico silencioso, en segundo plano, una llegada inesperada sin titulares o focos, con cuatro trastornados poniéndole pegas al precio o a la posición sin haberle visto cinco partidos ni ponderar la magnitud del curso… El típico que se ocupa enseguida de tapar bocas sobre el verde, de los que acaba haciendo carrera larga por encima de otros de vida efímera y portadas regaladas.

Víctima de unos tiempos donde gusta más el envoltorio que el producto.

A pesar de tan escaso reconocimiento, con las carencias habituales de un jugador en formación, está siendo el mejor de la temporada. De lejos. El único que no ha necesitado una colección de excusas, ni motivos, que escondan sus vergüenzas. Siempre rayó en la excelencia física, no distrayendo jamás su actitud. Donde rara vez hubo alguien, Mouctar (me encanta ese nombre) siempre estuvo.

Como Greg Roy, Diakhaby no ha necesitado adaptación alguna, ha caído de pie, en mitad de la tormenta, y se ha puesto a sobrevivir magistralmente entre el caos. Captando al vuelo todos los matices, sin preguntas, ni intromisiones. La incorporación más desapercibida resultó formar con otro poco agraciado como Gabriel Paulista —al que tampoco solemos prestarle nuestros elogios, pero que generalmente hace un buen trabajo— el mejor tándem defensivo desde aquel Otamendi-Mustafi. Los Tom y Greg de esta Succession con demasiadas goteras a cuestas.

Aun así, nos falta algo en Mouctar. Mala fortuna la suya ir a caer a un roster incapaz de sacar provecho del balón parado, veríamos al francés alzarse en ídolo si pudiera practicar su potente remate de testa.

Lo capital ahora es verle en un partido grande, en uno de exigencia extrema, que le lleve al límite, es la prueba de fuego que le falta. Su bautismo pendiente. Europa tal vez sea el hábitat más propicio para ello, un terreno exento de posesiones, habituado al juego de altura y físico, a merced de delanteros corpulentos, donde mejor puede desenvolver sus cualidades. Veremos si es en Manchester, pues esto está escrito varias horas antes del partido, sin saber si jugará, si hará un desastre, o si continuará brillando. Así es el diakhabismo, tan atrevido como su pope.

De hecho, me da bastante más miedo que no lo haga. Un equipo con tantas incertidumbres necesita certezas a las que agarrarse, y esa parejita, la que más porterías a cero cosecha, ha casado muy bien desde el primer día. ¿Para qué tocarla?

En Mouctar el murciélago confiamos.

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