La representación de los otros

Debe ser ésta la masa social más reprendida de la historia. No hay hecho o situación, siempre ante determinados rivales o sucesos, que no haga brotar una ristra de voces que vengan a decirnos qué somos; cómo debemos comportarnos; qué sentir; qué hacer o cómo expresarnos.

Todo mal, siempre. “Ya están los del Valencia”. La mestallera es una colla sin derecho a la protesta o al enfado. Ni siquiera a quedarse muda, porque de hacerlo también sería censurada al no mostrar colmillo ante el desacato. La historia de nuestra vida.

En fin, que digo que una vez más, tras una visita ramplona del Barça, han surgido los huérfanos de intelecto a colectivizarnos nuevamente detrás de un grupo de filonazis sin neuronas, aprovechando que han sacado una pancarta y ofendido a gritos a Catalunya. Qué ya ves, con lo sencillo que sería individualizar y reprobar a esta gente, pues no, nos culpabilizan a todos por una pancarta y unos gritos que no definen a nadie, salvo a los que los profieren.

Da igual lo que pienses o lo que te parezcan. Ya estás en el mismo saco.

Ante el espectáculo, esos trasnochados guardianes de la superioridad moral confiesan entre falsos dolores, y un cinismo de campeonato, haber sido, por cosas como esas, arrancados de un lugar al que nunca tuvieron ganas de pertenecer. No se darán cuenta que acaban haciendo lo mismo que critican. O tal vez sí, y por eso aprovechan una anécdota, o un suceso aislado, luciendo sus prejuicios y fobias engulliéndose a una generalidad de la que no saben nada; ni ademán por interesarse han mostrado jamás.

El odio al otro como única identidad posible. Tal para cual.

En el fondo está bien que esta gente salga a retratarse anunciando con esa facilidad, como si fuera algo positivo que hablara bien de ellos y de su integridad moral, haberse cambiado de equipo porque el que fuera el suyo (jajaja) quedó secuestrado por el facherío rancio.

Está bien, digo, porque sirve para rescatar el origen de ese discurso absurdo y falsario que se impuso hace algunos años, en días de eso que llaman transición, y que aunque con el tiempo hayamos aprendido a ignorarlo, o desacreditarlo, no deja de ser un relato imperante hoy día en muchos lares. El Valencia fue víctima de un bombardeo propagandístico del que jamás supimos defendernos. En parte, porque nos la bufó. Una dejación de funciones que permitió a los de la pancarta arrogarse la representatividad, allende nuestras fronteras, de una masa social y una entidad de la cual se ignora todo su simbolismo o complejidad.

Aunque ambos bandos tengan sueños dorados, no, ni la institución ni sus gentes se mueven como soldaditos de plomo detrás de un mismo ideal. Cuando no hay mucha materia gris lo recurrente es tirar de tópico, de cliché, uniformar lo desconocido para odiarlo mejor, renunciando al matiz, a la diversidad de las cosas. A la verdad, en definitiva.

Si los Toni Mollà, Vicent Galiana o demás personajes de su estirpe se preocuparan lo más mínimo de entender de lo que hablan, vislumbrarían enseguida el origen obrero del mestallero medio, que recorre kilómetros desde poblaciones y comarcas para tomar asiento en el estadio. Ése es el club ‘del régimen’; y ésa ‘la cara habitual’ de Mestalla. Una cortada por el frío y horas de trabajo mal remuneradas. Pose de un club sustentado en el entorno rural y su clase media trabajadora. Debe ser igualmente apoteósico acusar a la entidad del murciélago de ser ‘representante de la xenofobia del terreno’ y enorgullecerse de pertenecer a un Barça que siempre estuvo en manos de la ultraconservadora alta burguesía barcelonesa, y de sus tics supremacistas.

Al Valencia, sin embargo, lo más cool que lo dirigió fue una dinastía de naranjeros y algún que otro médico de cabecera. De origen republicano, un club del pueblo y de pueblo. Y ni siquiera sabemos fardar de eso.

Al final, estos descuidados acusadores del tres al cuarto, sí han demostrado servir para algo (que ya es más de lo que se puede decir de mí). Para echarnos unas risas y hacerme la columna de esta semana.

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