El paso adelante

Hacía años, principios de siglo, que no chafaba Benimaclet. El pueblo dentro de la ciudad. Eran tardes que sumaban años de navegar por Vicent Zaragozà en tranvías a la Malvarrosa que engullían universitarios. Aquellas calles desconchadas y polvorientas, en transformación, muestran ahora una tez rejuvenecida. Hay arreglos significativos, aunque la esencia siga intacta.

Es bueno que lugares así contengan penyas, cobije, en miniatura, sentires que se perdieron en la ciudad hace mucho tiempo. Urbe que dio nombre y forma, espíritu y alma, a una entidad de clara vocación obrera. Las bases que sujetaban al blasquismo imperante y que acabaron configurando las masas de una entidad producto de aquellos ambientes. Sustentada en barriadas como Ruzafa o Algirós. Agrícolas y trabajadoras.

Porque volví, sobre todo, para visitar la inauguración de una Colla blanc-i-negra que rompre igualmente con el temor, pasotismo, desinterés, de las gentes progresistas por colectivizarse alrededor del Valencia. Asunto, esas huidas, que permitieron hacerse a los violentos y retrogrados con el monopolio de la estética.

Un halo de luz que se muestra en otros ámbitos, como observar, 80 años después, a cierta izquierda, joven, enarbolando senyeras con azul. Es el fin de los complejos.

Además, la velada, enganchaba con otro rasgo olvidado. Con aquellos afanes mostrados por la Penya Deportiva de Milego, o las que le antecedieron y que se llevó por delante la Guerra, en ser algo más que un colectivo privado, de visitas al estadio y cenas de sobaquillo en el local. Pues organizó, ahí entro yo, como aquellas de antaño una pequeña charla, en esta ocasión, sobre los avatares del Fé-Cé durante la contienda de 1936.

Y creo, que no debí aceptar. La exposición pública no es lo mío. Soy rata de biblioteca. Sin talento alguno. Un bicho del papel que se mueve bien a gusto entre fardos, libros y ordenadores, pero al que le puede verse delante de cientos de personas, presentes o figuradas (por la radio, ejemplo). Y se notó, me quedé en blanco, no supe retomar el hilo tras la exposición, brillante, como todo en él, de J.R. March. Que insiste, no sé muy bien por qué, en hablar bien de mí. Diría que rocé el ridículo, balbuceando y relatando a trompicones. Aunque bien pensado, calificarlo de roce sería condescendiente. Y no es plan. Las cosas hay que asumirlas como vienen, y ésta, siendo la primera charla que me tocó, no me dejó en buen lugar.

Fui por insistencia del invitador, y más, por querer salir de la zona de confort. Probarme. Entrenarme para los días de presentar libros propios o afrontar supuestas entrevistas a raíz del texto editado. Un partido que dejó bien claro que sigo lejos de poder cumplir con tales compromisos. Una lástima que en petit comité parezca otra persona, más suelta, confiada, y normal. Ni la fama, ni las masas, son lo mío. No valgo.

De hecho salí de allí sin pedir disculpas al organizador, que sospecho, se arrepentiría enseguida de haberme llevado; tampoco me paré con nadie. Sería la comidilla de los corrillos a las puertas.

Pero eso no es lo importante. Hace años tengo muy claro para qué sirvo y para qué no; no tengo sueños ni intereses. Ni gana alguna de ser alguien.

La noticia es que el Valencia tiene una penya en la ciudad, cuyo número total desconozco, pero debe ser de las pocas que mantienen vivo el espíritu surgido del Bar Torino. El anhelo por ser la institución que representara a la capital. Pues a pesar de llevar su nombre, hace décadas que la entidad se sustenta en pueblos y comarcas, quedando la urbe como un páramo, con pequeñas reservas en determinados barrios, que no evitan que se escuchen tracas y cláxones cuando el Madrid gana Copas de Europa o el Barça tripletes.

Estamos en una era de redescubrimientos. De un cada vez mayor interés por los orígenes y la identidad del club, de Valencia, y de muchas cosas. Lo cual resulta excitante. Creo que eso representa la llegada de la Colla y su afán integrador de colectivos y sensibilidades nunca representadas en Mestalla durante la etapa moderna.

Así, que bien por la Colla y todas las penyas o agrupaciones que generen contenidos culturales alrededor del club. Hacen mucha falta. Hacen falta más.

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