Gabriel Paulista

En las proyecciones estivales, cargadas de hipérboles y ensoñaciones varias, cualquiera de nosotros esperaba a estas alturas una bacanal con los goles de Michy y el segundo renacer de Rodrigo; o contundentes aspiraciones al triplete perfiladas por Guedes.

Pero la realidad, que tiende a despertarnos a sopapos, se empeñó en ir por otros derroteros. Es ahí donde surge un héroe inesperado. Un tipo que se sujeta con esparadrapo, que aguanta el dolor y sale roto, jugándose la salud al importarle bien poco nada, porque en comparación, según dice, jugar tocado es una nimiedad que pasa con gusto por lo que le tocó vivir en su infancia y le costó llegar hasta aquí.

Gabriel, Paulista, Gabriel Paulista, es sin duda el jugador de la temporada. Un tipo que es un gozo verlo festejar con esa pasión las pequeñas conquistas del partido a partido. Arengar en mitad de la tempestad. Un central diferente al del año pasado, más discreto. Incluso disperso. Autor de errores garrafales. Un tipo crecido que ya recuerda, al fin, a aquel que se llevaron a Londres.

Una evolución que no se reduce sólo al césped. Pues se antoja que el brasileño ejerce de jefe en la caseta. Aprovechándo cualquier reunión accidental sobre el campo, al festejo de un gol, un parón para hidratarse, una falta, una sustitución… para ponerse a ejercer de líder. Observarle en esos instantes de distracción es asistir a una masterclass de liderazgo silencioso. Incluso, a pesar de la distancia que otorga la grada y la incapacidad para escuchar a tantos metros, parece hacerlo desde una posición paternal más que marcial. Insuflando confianza y ánimos, consejos y demás en lugar de broncas tribuneras con aspavientos para que se le vea.

Porque en esos tránsitos se erige también en un icono del buen hacer. Pues Paulista representa el futbolista tipo que siempre triunfó en Mestalla; la receta de la abuela. Persona sencilla, comprometida, de carácter ganador y personalidad. Alejado del falso glamour de las contrataciones millonarias, eterno descarte para los fabricantes de portadas facilonas, que en silencio, tapa bocas y supera a figuritas. Un central, que en otro fútbol, en un fútbol donde tu posición de igualdad no hubiera sido subvertida, se podría afirmar sin tapujos que sería central titular del Valencia durante diez años. Fácil.

Resulta la clase de profesional que hacía falta meter en ese vestuario. Con esa pléyade de púbers. El mismo tipo de deportista que es Coquelin. La clase de contrataciones que hace falta seguir sumando para reconstruir un club en ruinas.

Tiene otro rasgo a destacar, ya que Paulista también le pone rostro a una paradoja. Pues en este curso tan curioso, Gabriel, y la línea que capitanea, se alza como la mejor virtud del equipo. Una defensa que rinde a un nivel excelso. La única faceta que funcionó durante todo el curso y que a manos del brasileño ha sujetado al Valencia en sus peores momentos. Culpables en esa dicotomia de nulo juego ofensivo de que se pueda hablar hoy de recuperación, y nada esté perdido. Porque, todos, especialmente él, han sabido sacrificarse. Ejercer por dos, o hasta por tres. Multiplicarse. Sufrir. Aferrarse.

Son los hombres que se esconden detrás de la afirmación de que el Fé-Cé es difícil de ganar. Porque lo es. Tal vez se les valoraría más si la producción goleadora no estuvieran tan ausente. La TARA que ha emponzoñado todo.

La entrega que le pone, llevándose al límite de sus fuerzas, en ocasiones hace parecer que vaya a desmontarse como un míster Potato. Y es lo peligroso de Paulista, que no le asusta romperse, o agravar las lesiones, con tal de poder contribuir. Una vocación de mártir que no nos viene nada bien, porque hoy, sin él, este grupo pierde demasiadas cosas. Y ahí está, en la frontera de sus fuerzas, como lo está Gayà, obligado por una plantilla con el 50% todavía en fuera de juego.

En un equipo de recursos a balón parado, quién sabe, Paulista sería ya ídolo de masas en virtud de sus cinco o seis goles de testa, salvadores. Firmantes de cinco o seis puntos más que te situaran en otra dimensión. Ahí vemos otro de los defectos de un Marcelino que no sabe dotar de riqueza a un grupo con mucho más potencial del que se ve normalmente. La capacidad atlética de Gabriel y su potencia de salto, muy Ayala en ese aspecto, sus subidas al ataque, no debería aprovecharse sólo para sacar balones en su propia área, cortar jugadas en el centro del campo o ganar duelos aéreos en tres cuartos del campo. El día que ese plano rematador de delantero frustrado que lleva dentro sea explotado nos puede acabar el Nou Mestalla él sólo.

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