Dimitamos nosotros

No se puede acusar de peor cosa a una afición que de no saber disfrutar de nada. Nunca. Y ese premio, por desgracia, tiene ganador fijo desde hace muuuchos años.

Demasiados valencianistas mutaron en una especie de amargado sin fronteras donde para elllos nada es pertinente, y hasta algo tan sencillo como el éxtasis de un gol en el 93 les sirve para generar ataques y controversias entre las propias filas. Por celebrarlo.

Comprendo muy bien el nivel de frustración y hartazgo que existe. Yo mismo lo padezco, más de una vez he estado tentado de dejarlo y no volver a ver un partido. Son cerca de once años, quinze tal vez, de una cantidad de palos y sin sabores que han hecho que los niveles de paciencia y tolerancia estén sobrepasados; cualquier cosa irrita ya.

Pero esta actitud no deja de ser peligrosa. Ser una calculadora que sólo resta, de aportar algo, son losas y zancadillas. Tal vez tampoco hayamos sabido leer los tiempos. A lo mejor no somos la mejor definición posible de afición. Muchos lo solventan con la fidelidad. Pero esto va más allá de acudir a un recinto con una actitud funcionarial.

En la peor etapa de la historia reciente, en una crisis que te ha llevado a los límites de la supervivencia, a cuestionar tu propia existencia como club, lejos de generar una unión pétrea entre iguales, una exaltación de los valores comunes y de la afinidad hacia unos colores, el crack del 2008 trajo todo lo contrario. Un salvaje nivel de desunión, trincheras enconadas, heridas y facturas que se arrastran durante años y que a la mínima se pretenden cobrar con saña.

Un nivel de acoso constante e increscendo que ha degenerado en algo mucho más deleznable. Y es ver a parte de esa masa social ejerciendo de peón, vocero, tonto últil, de guerras mediáticas que no comprende. Desespera verlos repetir como loros mensajes y coletillas sin pararse a pensar en la bobada que están soltando con esa agresividad.

No son tiempos donde la ponderación y el análisis tengan sitio, más bien lo son de todo lo contrario.

Pero no evitará que digamos que debemos aceptar que el fútbol que conocimos, y tenemos en la mente, así como el mismo Valencia, hace mucho que dejó de existir. Nos movemos por parámetros que ya no casan en esta realidad. Estamos pidiéndole al niño que estudie mecanografía porque tendrá mejores salidas laborales, cuando estamos en tiempos de la programación. Se aporrea un teclado de igual forma, pero son conceptos que no tienen nada que ver entre sí.

Por eso hoy día las cosas ya no se arreglan echando al entrenador y fichando a dos jugadores. Miren, desde 2011 ningún técnico ha durado aquí más de un año, y eso sólo lo pueden decir dos de los once utilizados. No es esa la cuestión, nunca lo fue. Esto es mucho más profundo y complicado que eso.

Porque entre otras cosas, esta entidad vive atrapada entre dos mundos. Por un lado están los que gozan de presupuestos de 700 millones de euros (de alcanzar alguna vez esas cotas necesitarás decenios), y por otro, compites con entes que llevan más de un lustro desarrollando proyectos sólidos, una idea apenas modificada en dos detalles, llevándoles a situarse entre uno y dos escalones por encima tuyo. Tu desventaja, con unos en lo económico, y con otros en lo deportivo, es significativa en ambos casos. Hay que comprender eso para saber que después del primer paso viene el segundo, no el decimoquinto.

A un Valencia que acaba de salir de la UCI le estamos pidiendo que corra un maratón; cuando deberíamos pedirle que construya unos cimientos que le ayuden a levantarse.

Comprendo que es difícil apelar a la paciencia con el historial de desencanto que arrastramos. Pero es el único modo de salir de esta. Puesto que no vamos a gozar de una inversión megamillonaria de 500 millones en jugadores en dos años el camino debe ser otro. Y ese camino no pasa por enviarlo todo al garete a las primeras de cambio. O por puro capricho.

Tal vez el error fuera que el curso pasado saliera tan bien, cuando todos esperábamos que fuera más como este. Una distorsión en la línea de tiempo que no debería alterar el plan. Y para eso están los dirigentes, para enfriar situaciones, para tener altura de miras, para comprender estas cosas y no dejarse arrastrar por la volatilidad de las pasiones. Y también, para mirarle a los ojos a su hinchada y hablarle con madurez sobre las cosas, no hacerlo sólo para esconderse en mensajes irreales o regarles los oídos con discursos que siempre se nos vuelven en contra.

No hay nada que necesite más este club que pausa, un proyecto. Con todas las consecuencias. Y más que nada, necesita romper con esa cultura del caos, a la cual estamos tan acostumbrados que ya la vemos normal, al punto de emplear a tres técnicos por año de media en los últimos siete cursos.

Esa vía es la perniciosa, la que hará que tu distancia respecto a Sevilla y Atlético, dos entes estables con las ideas claras, no haga más que aumentar y aumentar y aumentar.

Sólo hay un motivo que justificaría un cambio de técnico. Y sería tener un vestuario roto, enfrentado a su entrenador, que éste fuera un foco de conflicto con jugadores y club. Y eso no sólo no ocurre sino que estamos a años luz de llegar a ese escenario. Estos muchachos sufren, lo sufren. Lo intentan. Se caen y vuelven a levantarse. No hay grupo más honesto, por eso hay que quererles y por eso deberían recibir más respaldo general del que le damos.

Evidentemente, hay muchas cosas que explicar, claro que sí, y responsables que deberán pagar por ello al término del curso perdiendo esa pantagruélica capacidad de decisión que tienen, pero eso supone un ajuste al proyecto, no su destrucción total.

En definitiva, debemos entender que no estamos en 2004, ni de lejos. Enterrémoslo de una vez. Dejemos la melancolía antes de que nos mate. Se necesita una puesta a punto que requiere empezar de cero, abandonar la vista atrás y fijarla de una vez por todas hacia delante. Y eso pasa por aceptar que esto no ha hecho más que comenzar y que todavía queda un duro y complicado camino hasta salir del pozo.

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