Una visita pendiente a Praga

Ahora se acaban de cumplir 95 años de aquello. Una visita que simbólicamente marca el devenir del club. El momento cumbre de la construcción. Pues aquella entidad surgida del Torino llegó a este mundo sin más misión que la de traerse a Valencia el título de Copa.

Tal vez de ahí venga todo. Dado que el Valencia es una peculiaridad en sí mismo. A diferencia de los demás, esta institución no se creó para divertimento de un grupo de amigos. Ni para fomentar la práctica del sport entre la juventud. Ni dentro de un órgano religioso o caritativo para dar salida a niños en situación de exclusión o necesidad. Se hizo pensando ya en ganar.

Y se hizo tarde. Pues si observamos el libro de las grandes casas de poniente vemos que el murciélago llegó entre 20 y 25 años después que el resto. Una desventaja que se hizo notar ya entonces, y que todavía reluce.

En aquel afán por ser, por llegar, por acortar esas distancias, el Fé-Cé se inmiscuyó en una carrera armamentística sin parangón, que explica que en tan poco espacio de tiempo diera pasos que a sus iguales les costó tres o cuatro décadas emprender. La construcción de Mestalla es un ejemplo. El Real Madrid, vayamos a un caso práctico, no abandonó su pequeño y modesto recinto de Chamartín de la Rosa, que apenas alcanzaba los nueve mil espectadores, hasta entrados los años cincuenta. Alzando el Valencia un mamotreto para 17 mil almas a los cuatro años de existencia, y aún lo amplió en varios miles pocos cursos después con su imponente tribuna.

Esa ansiedad la llevamos en los genes. Y explica, entre otras cosas, esos afanes apresurados por crecer, esa sensación de que se nos escapa la vida, que no deja asentarse a nada ni a nadie.

Los pioneros, de una manera cabal, entendieron que no había mejor manera para acortar tales distancias que enfrentarse a los mejores. Así que ante su debilidad para pasar de la primera ronda copera, o ante los constantes y previos descalabros en el campeonato local, se desistió de contratar a conjuntos catalanes y se empezó a traer a los más rimbombantes combinados del panorama para completar la misión.

Un ciclo que se cerró con los campeones del mundo enrolados en las filas del Nacional de Montevideo en 1925, pasando entre medias el Birmingham inglés o el campeón alemán, el poderoso Núremberg.

Aunque el primero en figurar en aquella lista de oro era el temido Sparta de Praga, considerado el mejor equipo amateur del mundo. Asunto que no era baladí, pues salvo los británicos, nadie más practicaba el profesionalismo. Un conjunto que no sólo representaba al grueso de la selección checa que acongojó a los ingleses en Wembley, sino que llevaba años recorriendo Europa batiendo a los mejores cuadros de cada país desplegando un fútbol de toque y velocidad que asombraba al continente entero.

Fue como llegaron a Mestalla, doblegando al Barça, y acompañados de cámaras cinematográficas y agregados del ministerio de deportes que documentaban con ahínco aquellas giras.

Pero tales asuntos eran algo más que un carrusel de partidos. Trataba de una manera de empaparse de las técnicas modernas imperantes en centroeuropa y de absorber métodos de los cuales aprender. Por eso cada uno de aquellos duelos venía acompañado de conferencias y clínics donde los visitantes exponían su metodología de entrenamiento u organización. Charlas multitudinarias que tenían lugar en cines y salones de la capital, abarrotados de socios y futbolistas.

Y claro, ante aquello, el resultado del primer partido, disputado el 30 de diciembre de 1923, no pudo ser otro que el de 1-5. Agraciando la crítica al equipo checo con epítetos que señalaban la condescendencia de los visitantes al no querer hacer más sangre ante un rival que acabó con varios equipiers retirándose del campo con lesiones musculares dado el esfuerzo que realizaron para poder igualar con físico la abrumadora diferencia técnica.

Fue ahí, en el intervalo que separa ambos encuentros, cuando se pronunció por vez primera la famosa frase que engalana la filosofía de este club. Pues lejos de la carta del vicepresidente checo a su marcha, el primero en verbalizar la evidente voluntad de querer llegar de aquel Fé-Cé fue el capitán del Sparta, Karel Kada, amigo y sustituto de Fivébr, en una entrevista que concedió a Caireles para El Pueblo a la noche del primer match.

Con esas, con constantes invitaciones a comilonas, el excelente trato recibido, y la labor diplomática de Fivébr en pos de un segundo partido menos exigente, el Fé-Cé, para asombro del mundo, batió por 2-1 a los checos en encuentro disputado el uno de enero de 1924.

Resultado que iniciaría la primera oleada de insidias llegadas de la prensa enemiga, pues ni en Madrid, ni en Bilbao, ni en Sevilla, ni en ningún lado, se podían creer que club primitivo como aquel, un fútbol desarrapado y cavernario, como tildaban a la escuela valentina, fuera capaz de vencer a tal rival. Así, que empezaron a deslizar, con la desfachatez que siempre les caracterizó, acusaciones de que en Valencia se habían inventado el score para ocultar una humillación histórica.

Más allá de aquella guerra con la meseta entre cabeceras de ambos lados, la primera de todos los tiempos, los duelos ante el Sparta marcan un antes y un después, pues en esa labor el Valencia consigue el plus que le faltaba, la conciencia no adquirida hasta entonces. El primer gran paso. Un aprendizaje, que junto a la labor de Antonín Fivébr, cambió para siempre el destino de la entidad, iniciando allí un reinado fulgurante que hasta entonces sólo anhelaba.

Pero fue un acontecimiento que quedó incompleto. Pues José Sykl, el vicepresidente del conjunto checoslovaco, retó al Fé-Cé a ser ellos ahora los que fueran a Praga a visitarles. Un compromiso adquirido, que sin embargo, jamás se cumpliría. Y eso que en 1929 Fivébr tenía el viaje organizado, los partidos programados, y los billetes de tren sacados. Pero la dificultad de la excursión, de varias semanas de duración, y las fechas escogidas, no dejaban margen para llegar a tiempo al estreno del Campeonato de Valencia. Lo cual suponía un quebranto importante en sanciones y reprimendas. Quedando anulado para siempre. Ya que ni siquiera en el fútbol moderno los amistosos de verano, o las competiciones europeas, han hecho que ambos conjuntos se vuelvan a cruzar, quedando pendiente de cumplir la invitación de unos hombres que marcaron el carácter del joven Valencia F.C.

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