Marcelino contra el mundo

Quién me lo iba a decir. Ver a Marcelino recibiendo un baño de masas en el balcón de Mestalla. Me alegro. No hay mejor hombre para este equipo. Y aunque tarde, y mal, siempre es bueno que la gente aprenda a valorar. Porque no es pequeña la transformación que ha padecido este equipo bajo su tutela.

Apenas hay que recordar el Valencia que heredó. Uno que venía de hacer los peores números de la historia del club en primera división. Incapaz de competir con nadie. Sin rumbo, idea, ni plan.

No es cuestión de vender la perfección. Ni la hay, ni la quiero, ni me interesa. Pero en menos de dos años aquel bochorno se ha transformado en un conjunto capaz de ganar a cualquiera, de transmitir una seguridad, una fortaleza, y una fe en sus posibilidades, que son suficientes para identificar el éxito.

No es sencillo coger un once condenado a la permanencia y darle la vuelta de ese modo en dieciocho meses. Y menos en el contexto en el cual se encuentra la entidad.

Porque es obra de Marcelino haber pasado del futbolista distraído, más pendiente de sí mismo que del grupo, a jugadores con un grado de compromiso a prueba de bombas. Un colectivo cohesionado alrededor de una idea y un entrenador. No hay muestra más contundente de lo dicho que medir el rendimiento individual de cada pieza bajo su mandato: Todos han doblado sus números.

Y precisamente ahí reside lo más destacado de su papel regenerador. Porque una de las dificultades de este trayecto es trabajar con jugadores apaleados y/o expulsados de sus equipos. Nadie llegó aquí siendo titular en ningún sitio. Y menos por destacar. Eran poco menos que memes allá donde estaban. Como un Coquelin que es decir en Londres que aquí es ídolo y coleccionar caras de sorpresa. En ese empeño restaurador, fomentando la autoestima y la competencia interna con un sistema de piezas dobladas (en casi todas las posiciones) que permite mantener un rendimiento colectivo estabilizado juegue quien juegue, está otro de sus méritos.

Aunque lo que más le valoro es su postura ante el qué dirán. Un tipo al que se la bufa tanto eso, ya de entrada, tiene mi respaldo. Los entrenadores moldeables ante el vocerío no sólo no son de fiar, sino que nunca llegan lejos.

Incluso tiene algo pornográfico la solidez granítica que muestra este Valencia en su día a día. Un seguro que en sus momentos más agónicos evitó que doblara el brazo. La importancia de contar con equipo tan difícil de vencer reside en el pasaporte a la gloria que supone. Aunque en dicho caso vivas lastrado por la falta de gol. Una falta propiciada por el error estival con el delantero. Ahí estaba la entrada directa a los cielos. Tal dureza acompañada con un tipo que metiera goles por castigo te hubiera llevado donde el Atlético.

Pero es que hasta en eso ha sabido Marcelino sobreponerse. Desde enero las cifras goleadoras no han hecho más que mejorar. Ya, los tantos de Rodrigo y Gameiro suponen la mitad de los anotados en este período. Acompañados de una segunda línea que aparcó la contemplación para sumarse a la tarea.

Esa es su herencia. El verdadero legado que dejará García Toral. Cogió una banda, soltó lastre, modificó conductas, y deja un equipo en crecimiento, trabajado, con rumbo, con una base excelente sobre la cual crecer, y que encima se llevará de extra el aprendizaje añadido de una final. Quién sabe si dos. O algún título. En conjunto es lo que convierte su etapa en un rotundo éxito.

Uno de cuya magnitud sólo seremos conscientes cuando pase el tiempo.

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