Pa cagar-se i no torcar-se

No me importaría vivir en un gol anotado en el 93. Es el minuto mágico. El momentum del año. Al acabar el curso y finiquitar los raquíticos actos del centenario, esa gran molestia, se podría empezar a adorar al minuto 93. El resumen de la temporada se escribe en ese preciso instante.

Además, ejerce de efecto catártico. El subidón endulza los partidos, la trayectoria. Te queda mejor sabor de boca ganando así que con un encuentro cerrado desde el minuto 30 sin más tensión que dejar pasar el tiempo.

Es que lo tiene todo. El patiment que produce el desarrollo del encuentro, las agonías de vivir en el alambre… todo eso estalla en éxtasis con esos goles. Mil veces mejor así. Por algo la sabiduría popular italiana, que de esto sabe más que nadie, reza con esa alegría aquello de ‘eres más bella que un gol en el 90’.

Y servirá, claro que servirá. Ya está sirviendo, de hecho. Este entrenamiento en lo imposible ha moldeado una fe a prueba de bombas. Un aprendizaje en el sufrimiento y el saber sobreponerse a las adversidades que está criando un equipo imposible de vencer que ya cree ser imposible de vencer. De otra manera, jamás se sobrepondría a esos golpes que se propicia él mismo con su torpeza y escasa inteligencia. Cualquier equipo normal, o desnortado, se desmoronaría ante ellos, cerrándolos con algún ridículo. Que es lo que veíamos hasta no hace tanto.

Es el año, con mayúsculas, donde recuperar la autoestima en unos jugadores que venían escasos de ella. Ya lo advierte el propio Marcelino cuando dice que sus inseguridades les llevan a cerrarse atrás porque se sienten más seguros, y poco importa que el míster se desgañite en la banda pidiéndoles que salgan a presionar más arriba, o que toquen y toquen. Es natural. Ahí está su biografía para entenderlo. Son tipos que llegan de años y años de palizas. De ser memes allá donde estaban. Eso pesa. Es un poso difícil de vencer.

Y es, a mi entender, lo más bonito que tiene este equipo. Y este año. Un grupo de desarrapados, jugadores torpes, con pronunciados defectos de fábrica, exentos de toda calidad en algunos casos, reponiéndose a su propia vida. Es un VCF, y una temporada, de terapia colectiva. Por eso insistimos tanto en lo de estar ante la construcción de un equipo mayor. Proceso que no incluye el fútbol de tiralíneas, ni arrasar. Porque no cabe. Esto va de otra cosa.

La pena es que sólo se valorará con el tiempo. Aunque debería ser motivo de celebración contar con un bloque tan difícil de ganar. Al que ya nada, ni nadie, es capaz de rascarle tres puntos, porque se las apaña como sea para rescatar uno, o llevárselos todos. Esa fe, esa determinación para salir airoso de cualquier circunstancia, por adversa que sea, es una jodida maravilla. Porque es la primera parte que jamás se explica de ese lema recitado como loros, el del Bronco y Copero, tan prostituido en manos de los mercaderes del sentiment que han conseguido que pierda el significado y la esencia.

La segunda, lo de copero, veremos en mayo si lo es. Hasta entonces, lo otro, es lo que convierte a este equipo en infalible en torneos por eliminatorias.

De si verdaderamente quieren la Europa League, o de si el desgaste arrastrado de cuatro competiciones pasa factura en el momento decisivo del año, dependerá el doblete. Pero si quieren, podrán. Sólo hay tres equipos en Europa capacitados para truncar esta trayectoria. Y uno de ellos es el mismo VCF. A los otros dos es cuestión de evitarlos, o de que otros hagan el trabajo por ti. Pero incluso así, estoy seguro, que de medirse a ellos, serán noches apoteósicas donde de caer se hará a lo grande.

Es en lo que se sustenta esa sensación que arrastro durante toda la temporada de que estamos asistiendo al nacimiento de un equipo campeón. Y el tiempo, hasta ahora, no me ha dado motivos para pensar lo contrario.

Hace falta paciencia, y que Meriton no lo estropee este verano.

Pero para esa culminación no sólo es necesario arreglar cuatro cositas. También que empecemos a creer en ellos, de verdad. Subirse al carro en finales o con títulos está al alcance de cualquier miserable. No hay honor en ello. Deberíamos preocuparnos en conseguir una verdadera simbiosis grada-equipo durante el trayecto, que es lo delicado y donde hace verdadera falta. Eso, y aplicarnos de una vez el cuento del bronco y copero que recitamos pero no entendemos, dejando a un lado las pataletas de malcriados que nos gastamos.

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