Por la victoria, por el empate y por el fracaso

Fue bonito ver también a los Nico Olivera, De los Santos, Gitano González, Bartual… la parte que nunca se cuenta cuando se lanzan esas peroratas tremendistas en tiempos de crisis que hacen parecer que aquí todo haya sido ganar Copas de Europa y coleccionar estrellas mundiales.

Esa mezcla es de las mejores cosas que tuvo el acto del pasado domingo. Celebrarnos tal y como somos, recordar nuestras cicatrices y heridas sin complejos ni artificios. Ser conscientes del coste del éxito y la excepcionalidad que suponen los momentos de alegría. Brindamos, como dice la canción, por la victoria, por el empate y por el fracaso.

Desconozco si es un pensar general, aunque estando allí, así lo noté. Lo de la tarde del domingo fue una sobredosis de felicidad. Una felicidad distinta, pausada, sin ese frenesí que otorga, por ejemplo, ganar un título. Una alegría calmada. Salí de Mestalla en una nube, y todavía perdura esa sensación a día de hoy. Es difícil de explicar. Aunque creo que muchos llegamos a casa con el convencimiento de que habíamos sido testigos de un clic. De algo indescriptible que de repente le dio sentido a todo.

Puede que sea porque allí nos dimos cuenta de cosas que ni sabíamos que sentíamos. Pero sí, es como haber alcanzando el nirvana. Aunque existe el riesgo de tratarse de un simple engaño cognitivo fruto de haber estado varias horas regresando a la infancia. Recordando tardes, noches y peripecias de adolescencia en esos regates de Vicente. No importa. Porque como terapia, individual y colectiva, fue estupendo.

Tal vez gracias a ello esperar el fin de los quijotismos no sea una quimera.

Lo que nos brindó, también, el partido de leyendas es la posibilidad de agradecer. De agradecer a tipos a los que se les privó de tales homenajes. Sobre todo Cañizares. La necesidad de mostrarle ese cariño era palpable durante mucho tiempo, pero imposible de articular estando fuera de Mestalla. Es otra de las fortalezas que dejó la tarde. Entender la potencia del estadio como ágora popular. Como fuente reparadora de puentes que la vorágine del fútbol moderno hundió. Poder decirle a él, y a tantos otros (como a Castellanos), que nunca estará sólo fue muy grande.

Debido a todo esto, y más, estoy convencido de que gracias a los dos últimos actos del centenario, que son los dos únicos actos que se han hecho, y ninguno organizado por el Valencia, hemos salido fortalecidos como colectivo e institución. Una catarsis difícil de dimensionar aquí y ahora, pero seguro que en el futuro será utilizada como arranque de relatos y análisis para intentar explicar al nuevo Valencia. Al del siglo XXI.

No era tan complicado, joder. Bastaba con saber, sentir y querer. Pero no importa. También nos ha ayudado a descubrir que hay un club más allá del propio club.

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