Razones para el no al Nou Mestalla

Vale, compremos eso de que no lo quieren acabar. Que nunca quisieron. La lista de pegas y excusas, ahí está. ¿Pero y qué? Desde una lógica racional ese estadio es difícilmente abarcable. Por su diseño, por su coste, por su ubicación, por sus servicios, por tu situación…

Está bien lanzar esta clase de globos sonda para medir la temperatura ambiental y reafirmarse en esa postura de dejar caer la mole de cemento de Cortes Valencianas. Pero debería existir más determinación y sentarse a hablar las cosas seriamente en lugar de jugar como si fueran críos. A veces los dirigentes son un asco moral impresionante. Se supone que están para liderar, para tomar las riendas, pero no hacen más que esconderse y escurrir el bulto.

Supongo que se debe a eso de mantener la ‘mentireta’.

En este asunto deberíamos partir de posturas claras. Los hay a favor y en contra. En mi caso el traslado no me motiva nada. Y además no soy demasiado optimista en los beneficios que aportará tratándose de un proyecto desfasado que deja de lado la experiencia del fútbol.

La manera en que está diseñada su financiación complica mucho porque las parcelas no son rentables al precio de la hipoteca. Parte de la deuda seguirá acompañándote, debiendo aumentarla para finalizarlo. Y para acabar, desde 2012, todas las administraciones han llevado el proyecto a infinidad de operadores para buscar alternativas, y todas te han rechazado por el escaso atractivo que le ven.

Por eso las últimas noticias nos plantean dos escenarios: Abandonarlo hasta que dentro de 50 años se den las condiciones para su finalización o sentarnos con todos los agentes implicados a plantear soluciones si no hay ofertas convincentes por los viejos terrenos.

Porque la cuestión no es si necesitamos un estadio nuevo. Que sí. Sino si necesitamos ese estadio en concreto.

El debate es serio. Y apasionante, a la vez que complejo. Cualquier opción, por mínima que sea, de revertir la operación debería ser estudiada al milímetro. No estamos para más aventuras. No es fácil que los números cuadren atendiendo a los balances de la entidad. Y ya sabemos que tenemos un dueño que no se implica en nada que no sean negocios en el verde. No podemos contar con que solvente ese agujero con una ampliación de capital. Y qué decir de que lo acabe él comprando Mestalla. A estas alturas se trata ya de un ‘más vale perder, que más perder’.

Además, hay consideraciones que también se suelen ignorar. Cuando se habla de esta clase de estadios sólo se venden maravillas. Pero pocos, nadie en realidad, entra en los contras que acarrean. Primeramente, ningún club que se haya construido un arena ha mejorado el estatus deportivo previo. Es más, casi todos se han resentido al adentrarse en una crisis financiera de años de duración. Tampoco se cuenta que esa clase de recintos no suelen cumplir con las expectativas. Entre otras cosas porque se construyen sobre sueños, en lugar de proyectarse sobre estudios ajustados a la realidad.

Incluso en ambientes tan cabales como el alemán han dado problemas. El Schalke en esta década última puso en riesgo su licencia en primera debido a que la explotación de los palcos y el catering no daba lo que se pensó que daría, acumulando pérdidas millonarias durante años. También allá ocurre un caso curioso con el naming, que están en claro retroceso. No sólo porque el montante nunca alcanzó lo esperado, sino porque las segundas marcas son reticentes a estampar su nombre en sustitución de otro debido a la huella que han dejado sus antecesores. Pues los aficionados se refieren a su estadio usando el nombre de la primera, por costumbre. Y los medios, incluida la UEFA en su escaparate, no publicitan marcas comerciales por conflicto de intereses con sus propios patrocinadores. El impacto es reducido.

Además no se tiene en consideración que la inmensa mayoría de clubes europeos, fundamentalmente los grandes, están situados en ciudades que oscilan entre los 500 mil y los 900 mil habitantes. No todo es Londres.

Pero más allá de eso, en la modernidad hay cuestiones de más peso. El Nou Mestalla es fruto de los delirios de una época de ladrillo y lujo. De un fútbol que ya no existe. La manera de consumir deporte está cambiando, y a tenor de los datos puede cambiar mucho más. Recientemente, la Bundesliga dio a conocer un estudio donde afirmaba que el 34% de los adolescentes son incapaces de ver un partido entero, porque les aburre. Preferien degustar jugadas segmentadas o highlights. Y los mayores, se quedan en casa viéndolo por la tele. Con todo esto, viendo los estadios de soccer que están floreciendo en Estados Unidos, o el ejemplo de la Juventus, hoy día sería más razonable hacer recintos de fútbol, de menos de 60 mil espectadores, y sin tantos kilates.

Para rentabilizar estadios de otro calibre se necesita un estatus deportivo muy alto, y continuado en el tiempo. Que no tienes, porque no lo has tenido nunca. Hasta el Arsenal tuvo problemas para sacarle partido al suyo estando en una de las capitales financieras del mundo y en la urbe más poblada de Europa. ¿Nunca os habéis preguntado por qué el club más rentable del planeta tierra, el Man.Utd, nunca ha dicho de hacerse un campo nuevo, y sólo se ha dedicado a remodelar y modernizar el suyo?

En aquella época se entendían los arenas como un motor de crecimiento. Aventurándose a ellos los que no encontraron otro modo de dar el salto. O los que no tenían estadio, dormitando en olímpicos o municipales -caso alemán-.

Hoy, ese motor se llama televisión. Es ahí, impulsado desde el césped, merced de una buena inversión, donde está la nueva gallina de los huevos de oro. Los arenas han quedado en un complemento. Més sucre, més dolç. Y no entramos en la transformación que puede sufrir el fútbol en los entrantes años veinte con la amenaza de una Premier que lo absorba todo dejando al resto como granjas de talento, o el nacimiento de nuevas ligas europeas excluyentes mucho mejor financiadas en premios e ingresos. Si te quedas fuera, ¿qué haces con un estadio así?

Para el asunto del VCF no hay una solución mágica, ni fácil, ni sencilla. Es un quilombo de tres pares de narices. Vive atrapado en una constante tela de araña. Lastrado por esto, e incapaz de crecer por lo mismo. Pero algo hay que hacer. No podemos empecinarnos en acabar un campo a costa de la salud y futuro de la entidad, ni volver a ensoñaciones sin pies ni cabeza. Bastante en riesgo ha estado ya. El error fue no saber entender que el verdadero problema del club era éste, de ladrillo y bancos, y no no poder fichar a jugadores por 30 millones.

Si no fuéramos tan fáciles de engañar…

En fin. Si hoy fuera 2005, por el contexto actual, lo aconsejable sería hacer un Liverpool. Un club cuyos dueños americanos compraron con el compromiso de hacer realidad el proyecto del nuevo estadio, y que al año, tras hacer números, y estudios, anunciaron que renunciaban a él por inviable. Adquiriendo poco a poco las casas y terrenos que rodean Anfield para ampliar y remodelar el viejo estadio por fases, según necesidades, a X años vista.

Esa sería una buena solución. Si es que el Valencia tuviera alguna.

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