A esto nos ha llevado la mediocridad

Pasar, o no pasar. Meterse en Champions, o no hacerlo. Ganar o perder la final. Da igual, este año en sí mismo ya ha sido un pequeño gran triunfo estando como está.

Lo es por una cuestión básica. ¿Qué pedimos como mínimos? Un equipo que no ofrezca rendiciones anticipadas. Que intente llegar hasta el final en todos los frentes. Y que nos haga vibrar de vez en cuando. Todo eso ya está cumplido. Yendo, incluso, contra el criterio institucional.

Porque lo de este grupo era muy fácil. Dejarse llevar, hacer un Unai, tirando toda competición y centrándose en la Liga. De haber hecho eso, probablemente, a estas alturas llevaríamos ya unas cuantas semanas aburridos, mirando al techo, esperando con sopor a que llegue la última jornada para acabar con esto de una vez. Pero este Valencia marcelinesco tiene un rasgo distinto. Tanto el pasado curso como este ha ido a por todo sin permiso de nadie.

Ni la semifinal pasada, ni la final de este, o el paso cercano a Bakú que dirimirá mañana, hubieran sido posibles sin la desobediencia del vestuario. Ellos han ambicionado por encima de la misma entidad, y de parte del público. Que instalado en una mediocridad supina y ancestral va por la vida comprando discursos que atentan contra su propia naturaleza. Destilando una soberbia autodestructiva.

Es cierto que hubo toques de suerte, pero incluso eso aporta mucho al futuro. Pues este curso, a diferencia del anterior, los rivales invitaban a rotar, un riesgo asumido que demostró la debilidad de la segunda unidad del Valencia, trayendo así la épica. Asunto que no puede verse como negativo. Ya que no hay mejor muestra del carácter de un grupo que su respuesta ante la adversidad. Rendirse es lo fácil.

Y nunca lo hicieron, incluso a sabiendas de que el desgaste tendría un precio: Arriesgar la cuarta plaza. Que plantilla tan corta y con tantas carencias sufriría las consecuencias. Tirando para adelante con ello. Porque este equipo ha ido a por todas, llegando hasta donde ha podido superándose a sí mismo en todo momento. Creciendo a pasos agigantados mes a mes. Superando las adversidades propias y encontradas. Una determinación admirable de trompellots, jugadores a medio hacer, retales y personalidades blandas.

En esa pose, en esa virtud tan aplaudida, también se encierra el problema inesperado llegada la fase más decisiva. Hablamos del agotamiento. De uno muy pernicioso. Encadenar desde enero una final tras otra, viviendo esta tensión y constante urgencia, puede acarrerar un default mental muy superior al físico, que ya se va notando escaso. Muy pronunciado en determinados elementos. Ahí, en el coco, estará el billete a Bakú. Mismo lugar donde quedó el empastre londinense. Si se ven lo suficientemente frescos y capacitados, como mínimo, meterán el miedo en el cuerpo al Arsenal protagonizando otra velada eléctrica. Si no, res a fer.

Porque en lo mental está también la debilidad del rival. Un cuadro londinense inseguro de sí mismo. Tremendamente inseguro. Al que incomprensiblemente no se le forzó la pasada semana en sus terrores más íntimos. En saber meterlo en ese jardín está la clave de la remontada.

Y aunque sea un no, habrá que aplaudir a rabiar como si nada. Este equipo se lo merece. Nos ha dado un curso maravilloso, lleno de emociones y tensiones que hacía años que no experimentábamos. Sería bueno que supiéramos calibrar qué supone tras quince años tragando mierda, viviendo una ruina, perdiendo tu estatus en el fútbol moderno, incluso la dignidad, verse de nuevo en la cima, en las finales. Hablando de títulos. Algo que creíamos ya perdido para siempre. Y lo ha conseguido este equipo, el más ambicioso en años, a pesar de todos nosotros, de nuestros postulados reduccionistas y caprichosos.

Este viaje, sea fallido o megaéxitoso, y todas las experiencias que acumula están llamados a ser el kilómetro cero de un cambio de época a poco que se sepa aprovechar. Pero eso será pasado mañana, ahora sólo importa Bakú.

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