Otra manera de llorar

Salta Chechu. A su lado, salta Vicente. También lo hacen Paco y Sandra. Los cuatro ríen. Se abrazan. Gritan y vibran bajo el calor sevillano. Bien cerca de esos jugadores que han salido disparados del banquillo al pitido del árbitro. Valió la pena el viaje, madrugar, las horas de carretera, el esfuerzo económico. Todo salió bien. Repiten hasta la afonía.

No hay lágrimas. Llorar es para para París. Milán. Para recuerdos lejanos. Aquí, ahora, hay fiesta y carnaval. Pólvora y jarana. Teléfonos que comunican Sevilla con València y se explican entre ruidos las mismas escenas con distintos protagonistas. Hay niños alucinados, intentando encontrar palabras para describir su primera vez. Comprenderla. Gozarla. No saben que no las encontrarán, ni lo harán, hasta muchos años después. Hay chavales que en la última tenían un año, cuatro, cinco… que aterrizan también. Gente que lo ha visto todo pero que no se acuerda de nada.

Es emoción y es pasión. Otro título que marcará una generación. Título que evita la primera década en blanco en 100 años.

Atrás quedan los días negros, oscuros, terribles, de zozobra, caída, dispersión, extinción, esos días negros que amenazaban muerte y trajeron tanto dolor arrastrando al club por rincones inéditos para su rica historia. Fue un descenso en toda regla. No hubo que jugar con el Mirandés en estadios de barro y hoyos en el césped, pero se padecieron sus idénticas consecuencias. Sociales, deportivas, económicas…

La emoción se contiene cuando las miradas, las cámaras de televisión, el mundo, se fijan en Parejo. Está ahí, paseando por la tribuna para recoger la Copa. Él mismo podría condensar la caída a los infiernos y la vuelta a empezar. Su vida, su trayectoria, hasta la maduración y su transformación, parecen haber ido de la mano del club en estos once años. Almas gemelas.

Es el que se tenía que ir para poder aspirar a algo levantando la Copa que le quisieron negar. El de mentalidad de equipo pequeño, con el que jamás se ganaría nada, da saltos por el campo y se abraza a Kondogbia como un King Kong al Empire State. La gente no se olvida de ellos. Sus nombres son los más coreados. Son héroes. Fueron villanos. Serán leyendas.

Hay tracas. Las hubieron siempre. 24 horas de humo y pólvora. Es la otra cara de la moneda. El regreso costumbrista de una entidad con tendencia a caerse. La noche es joven. Las calles vuelven a gritar, los cláxones ponen la banda sonora. Esta vez València celebra por los suyos. 11 años pasaron. La segunda peor sequía de su historia. De la primera fue culpable un descenso real. De la segunda uno de facto. Ya no hay voz de tanto gritar. Las palmas duelen de tanto chocarlas. ¿Te lo crees? ¿Es real esto? ¿Ganamos un título, y al Barça? Me cuesta asimilarlo. 11 años sin ganarle de local, 11 años de la última vez, también en Copa, que cayó en Mestalla. Todo parecía seguir un guión. Ganaste de visitante, de la única manera en que lo has hecho en 11 años. Y con el mismo resultado de la última ocasión: 1-2

11 años. Pensar en todo lo que hay tras esa cifra da vértigo. Pero refleja otra certeza, este club es inmortal. Pocos en su situación hubieran sobrevivido a algo remotamente parecido. Una quiebra, una guerra civil, una masa social en retirada… Rivales que tenías varios escalones por detrás despegándote las pegatinas del chasis en su violento adelantamiento… Orgullo y grandeza reducidos a un meme.

Sigue sin haber lágrimas. Gritos. Hay gritos, cánticos, más tracas. Una rabia contenida rompiendo diques. Ganas de festejar tomando una ciudad. Se nota, en las maneras, torpes, temerosas, que se olvidó el ritual. Gente en los balcones. En las avenidas. Un reencuentro que empezó a forjarse en el partido de leyendas, el día grande del centenario. Esa tarde algo hizo clic. Ahora se ve. Mañana se verá mejor.

Una Copa que cierra, además, la efemérides cumpliendo con el mandato fundacional, el de traerse la Copa a València. El club de la ciudad, nacido para representarla, con sus armas bordadas al pecho, con la vocación de alcanzar en el plano deportivo su altura geopolítica y competir con los mejores. No hubo más razón de ser que esa, la misma que empujó todo desde el primer día. Sin lágrimas, ni romanticismos. Nos lo prohibieron. Pero con memoria y una infranqueable voluntad de querer llegar que llevó a la práctica Soler (el único Soler bueno) en su sprint ganador.

A estas horas de la noche ya sólo queda el silencio. ¿Ha ocurrido de verdad? La resaca de la fiesta toma la madrugada. Sevilla, otra vez. Tres títulos en sus tres estadios. Regresar al punto de partida de la última edad de oro y hacerlo con otra Copa invita a fabular con las coincidencias. Pero sería un error caer en eso, porque ahora empieza lo verdaderamente difícil, esa página de la historia donde el Valencia ha desbarrado siempre: Consolidar lo conseguido y no perder el oremus cegados por el éxito efímero.

Construir sobre ello es la clave para no tener que regresar a ningún sitio porque no te habrás ido nunca.

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