La estructura

Menudo momento. Incluso parece que finalmente se ha entendido la necesidad de adelantarse para conseguir talento a un precio asequible. Tomarse en serio el socuting está lejos de ser lo normal en el Campeón de Copa. De hecho, hacerlo siempre fue una excepción.

Es el reflejo de ese punto de madurez que parece haber alcanzado la entidad. Su lenta pero sólida estructuración en la vertiente deportiva llega a cotas poco vistas en los últimos tiempos.

Del nuevo pope de la escuela no diré nada, porque en esa planta hemos visto muchas cosas, casi todas buenas, que han durado apenas medio año. Ese elogio para cuando veamos que se lo creen y no se da otro volantazo a los meses de su bautizo.

No hace falta ser idílico, ni supersónico, cuando algo así existió, ideas tan claras y un plan definido, aunque fuera en su versión más escueta y rudimentaria, el rendimiento en el campo acompañó siempre. Lo hizo hasta con alguien tan anticuado y falto de visión a largo plazo como Llorente en un club asolado por la incertidumbre institucional.

Si algo bueno puede tener la era del propietario único es encontrar la estabilidad que jamás existió para asentar estas cosas. Con tiempo y paciencia Alemany y compañía dispondrán de herramientas para mutar en algo parecido a lo que representó en su día Colina y el triunvirato. Esa carencia es uno de los grandes males que tuvo siempre la entidad. Una falta de cultura de club, de memoria institucional, que trazara una línea continua a lo largo de los años. Con la salida de aquellos en 1958 se perdió todo. Lo intentó recuperar Vicente Peris, criado a la sombra de los primeros, pero duró muy poco. Aunque ese poco fue mucho. Y hasta hoy.

Lo normal, desde entonces, fue cambiarlo todo cada vez que se accedía al poder (asunto que sucedía muy a menudo), rompiendo cualquier hilo conductor. Nunca hubo nadie para decir ‘esto aquí se hace así’ porque nadie duraba demasiado.

La pena es que en las otras ramas no exista siquiera algo que se le parezca. En lo demás el club sigue chapado a la antigua, alejado de los avances sociales y morales que se ven en la calle. Sin ningún atractivo. Tampoco lo hay en la faceta comercial, incapaz de vender una piruleta a la puerta de un colegio, ingresando por sus grandes patrocinios lo mismo que en 1995. Lo hace en una era donde circula diez veces más dinero que hace veinte años.

A pesar de la buena pinta que tiene lo del balón, no se puede ignorar el retraso que sufre la institución en el marco del fútbol moderno. Parte desde muy atrás y con demasiados handicaps.

Como siempre, la solución está fiada a que entre la pelota. Al menos ahora hay una red de seguridad que garantiza que la pelota entre muchas veces. Pero la cuestión es evitar depender exclusivamente de esas plusvalías en la venta de talento (incluso del talento no utilizable). Con los gestores del verde la reinversión en más y mejor está (razonablemente) asegurada. Lo difícil es saber traducir los resultados deportivos en ingresos ordinarios. Imprescindible para poder dar el salto y evolucionar. Hacer que las cuentas de 2023 dejen de ser como las de 2001 es el reto. De lo contrario el castillo de naipes se vendrá abajo (otra vez) en cuanto el balón se estrelle en el palo.

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