20 años después de Sevilla 99

El probe Miguel ya se afeita. Hoy se cumplen dos décadas de la Copa de 1999. El cada día más olvidado gol de Mendieta es leyenda, y las carreras del Piojo, el prefijo del teléfono de Van Gaal, forman parte del eco de la historia. Hablamos de un hecho que muchos no conocieron, y otros tantos apenas recuerdan.

Para unos pocos siempre será especial aquel momento, pues entramos en la adolescencia de su mano y la eclosión social, colorista, que colapsó una Plaza del Ayuntamiento llena de banderas. De banderas del VCF. A los 14 un título, a los 15 una final de Champions. A los 17 una Liga. Crecimos preguntándonos si a lo largo de nuestra existencia veríamos alguna vez un título, y en espacio de cinco años nos quedamos a una Copa de Europa de ganarlo todo. No tenemos queja, sobre todo conociendo como las han pasado los chavales de hoy. Tragando con las indignidades que comporta una ruina.

Es imposible, además, no trazar paralelas vistas las similitudes que unen la primera Copa con la última. En el inicio, cuatro lustros atrás, veníamos del 6-0 de Salamanca. De Valdano y sus percheros. De auténticos sinvergüenzas y espantajos varios. Recompuesto todo con jugadores efectivos y de poco lustre. Como Soria, el estudiante de medicina. Björklund. Vlaovic. Schwarz y sus cañonazos. Suplentes de, como Cañizares. O veteranos de vuelta, como Djukic. Jóvenes efervescentes llamados Farinós y la ristra de cedidos que regresaban a casa, como Angulo. O de un Mendieta que hasta 1998 era un jugador, con varios intentos de traspaso colgando, y desde entonces fue otro radicalmente distinto.

Una evolución en sintonía con la del Parejo de hoy, aunque no se parecen en nada. Aquella capacidad para humillar rivales y deshacerse de medio equipo contrario a base de regates o fintas sólo la tuvo Gaizka, Kempes, Gorostiza, y ninguno más.

Desde esa montaña rusa que es el presente aterrizamos con el 7-0 del Camp Nou y lo de Gary Neville. Con más sinvergüenzas, recompuesto con Memes en otros equipos que han tapado bocas en este. Junto a la pertinente dosis de paterneros dándole poso al invento. Una Copa que rompía con la sequía y las consecuencias del descenso del 86. A imagen de la del centenario, que acaba con las derivadas de otro descenso, el de 2008. Que pese a no acabar con la entidad físicamente en segunda tuvo los mismos efectos económicos, sociales y deportivos. Siendo mucho más prolongado en el tiempo y con un cariz más severo, dada la pérdida de una generación entera haciendo de Mestalla un recinto imposible de llenar.

Son títulos de reconciliación y resurgir coincidentes en el espacio-tiempo y con un background demasiado semejante, conseguidos a manos de dos técnicos que implantaron un modelo fiel a la historia, rompiendo con las ansias de traición paridas a manos de presidentes facinerosos y entornos infantilizados. Seriedad en el trabajo, un estilo labrado a fuego, padre de una cohesión y unidad en torno a una idea a prueba de bombas. Y con goles salvadores. Si el de Mendieta en Anoeta salvó a Ranieri, el de Diakhaby al Sevilla puede pasar por la salvación de Marcelino.

Es la otra parte de la receta, entrenadores sobreponiéndose a crisis de resultados, resurgiendo del barro a lo bestia. Vía crucis padecido por todos los grandes.

De la primera visita a Sevilla conocemos las consecuencias. Están por ver las que surjan del regreso al escenario del crimen. Muy estúpidos hay que ser para disponer de rampa de despegue tan lustrosa como la que tiene el club ante sí en estos instantes y desperdiciarla.

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