Una liga normal

Hay un asunto angustioso en lo moderno: La escasa capacidad que existe para asimilar el cambio. Tan rápido va todo que nos aferramos a algo sin darnos cuenta y luego no hay quien nos haga salir de ese compartimento estanco. Pasa con la Liga. Poner la oreja es seguir escuchando argumentos naíf de 2012, de cuando ganarle 8-0 al Almería estaba en el orden del día.

Por fortuna, aunque las diferencias sigan siendo grandes en lo económico, en el campo se han juntado varios factores que han dado un campeonato más equilibrado que los anteriores. Ya no hay 18 de 20 clubes en quiebra. La venta centralizada de los derechos de tv ha conseguido aumentar la facturación. Se importa talento en lugar de exportarlo como antaño. El trabajo en la base ha dado más y mejores futbolistas de élite. La ineficiencia de dos entidades opíparas coincidente con un relevo generacional hace que los gemelos sean más vulnerables…etc

Así, el año pasado vimos una puntuación similar a lo que era normal antes de 2008 cuando la irrupción de Mediapro tras ese pacto político entre Roures, Florentino y Laporta quebró el orden establecido desde 1996 para el equilibrado reparto del dinero.

Siguen existiendo disfunciones, como una LFP que legisla a favor de dos, o una dictadura en los horarios para beneficiar que sean siempre los mismos los que se lleven las mejores franjas y toda la audiencia, mientras los demás quedan ocultos compitiendo a la misma hora que en Inglaterra discurre la Premier League, el campeonato que copa la atención mundial.

Incluso con todo eso, el síntoma es positivo. Para ello sólo hay que echar un vistazo a la clase obrera. El Betis, la Real, el Celta… se asemejan a aquellos equipos de Finidi, De Pedro o Mostovoi. El siempre edificante trabajo del Eibar, el competitivo Athletic, la labor extraña del Vila-real o el equipo revelación de todos los años convierte la parte media-baja de la tabla en una verdadera trampa. Aquí ya no se gana con la gorra. Hay que sudar cada punto porque al menor descuido los pierdes todos.

Y ese, es un elemento que juega a favor de la igualdad. Porque hay demasiados equipos acostumbrados a ganar fácil, sin esfuerzos, con tal solvencia que se dosificaban de una manera obscena, pesándoles hoy tanta exigencia en tantas competiciones. Es la nueva fórmula de la ecuación: El descontento por acabar una temporada con más de un partido perdido y tres empatados. La pañolada regresa al Camp Nou, los pitos al Bernabéu, a Simeone ya no le toleran la racanearía que les hizo grandes, y en Sevilla se creyeron que iban a ganar la Europa League hasta el 2100.

Tales nervios jugarán a favor del que sepa mantener la paz en su casa y cuyo entorno haya asimilado mejor la nueva realidad del campeonato.

Es el beneficio que encontrará el VCF si la tendencia marcada el curso anterior sigue su rumbo. Un título a 80 puntos y una Champions a 60 brindan la posibilidad de aspirar a todo a cualquier hora del día.

Su mayor virtud está en contar con el hambre de un equipo campeón, hecho, y con gran parte de sus elementos con la expectativa real de acudir a la próxima Eurocopa, pero con la fortuna de no tener ninguno de ellos el puesto asegurado. Lo cual es un aliciente más si el veneno no hace acto de presencia. Sin la podredumbre estival me atrevería a decir que será un curso tan o más divertido que el anterior. Aunque muchos tengan decidido jugar en contra desde el primer minuto.

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