Homenaje a Cúper

No sé muy bien cómo articular esta idea. Como siempre, en los parones, guardo este espacio para asuntos del alma por romper un poco con la vorágine de la actualidad. Pero mientras trazan estas líneas no paran de rebotar nuevas imágenes con las indignidades del pasado sábado. Personajes miserables ocupando el palco, decididos a hacer historia de la peor clase.

Hay que ser muy crack para finiquitar de esta manera la paz, la unión, y la felicidad que se labraron el pasado curso. De conseguir, cuando ya nadie recordaba la existencia de Meriton, estando aquí hablando de si Maxi aaaah, o si Maxi oooooh, que todo virara de esta manera. Así son ellos, no ya una colla de incompetentes sin paragón, que también, pues esta semana además de eso demostraron ser mala gente. Tipos que sólo se mueven por envidias y odios.

La suerte que tenemos, al menos los que abominamos de esa estupidez de la new era, que no pretende otra cosa más que borrar todo lo anterior a 2014, es contar con un pasado, y una memoria, que ejerce de refugio para estas tormentas de guano que asolan Mestalla desde la llegada de Singapur.

Ayuda a reconocer las buenas personas que poblaron Mestalla. A aquellos que honraban el cargo que ocupaban. Y los momentos de felicidad que tejieron a su paso. A entender que no hay que resignarse a esto, porque esto, no es el VCF.

Entre esas gentes, por la efeméride que nos ocupa, emerge una de las figuras más olvidadas de ese periplo. La de Héctor Cúper. El padre del mejor inicio de siglo que se podía imaginar. Un hombre al que sólo le gusta entrenar. Tanto, que le da igual el caché, el prestigio o las tonterías de los egos. Va donde le quieren, sea donde sea. Alguien de su pedigrí, con una capacidad de elección más elitista, hubiera dibujado una carrera europea por grandes banquillos. Pero él, como Ranieri, es de otra especie. Si le llama Uzbekistán, va. Si le llama Egipto, va. Si le llama el Aris de Salónica, va. Si le quiere el Inter o el Betis, va.

Y ahora que el próximo mes de mayo se cumplirán 20 años de París, como se cumplieron en junio de Sevilla, no estaría de más rescatarle del olvido. Quitarle el polvo a una figura a la que se arrinconó de manera incomprensible siendo el único que te llevó a cotas tan altas, al punto, que en el imaginario colectivo aquellas finales perdidas de Champions se contabilizan casi como un título real.

Es el señor con el que hemos visto, de enero a mayo de 2000, jugar mejor que nunca al VCF. Con una brillantez incomparable. Una plasticidad inigualable. Un torrente de fútbol sin competencia en la memoria del murciélago. Evocando en Mendieta-Farinós-Gerard a la media gloriosa. Siendo aquel equipo que tomba gegants, i ens ha fet volar alt.

Pero un día marchó, y hasta hoy… Ni siquiera un aplauso en las escasas ocasiones en las que regresó enrolado en el banquillo visitante.

En los rescoldos del centenario, es un buen momento para, aprovechando las dos décadas de París, volver a juntar a todos aquellos, con Cúper a la cabeza, y hacerle el homenaje que siempre mereció y que nunca le dimos. De reconocerle su extraordinario trabajo, ya que entre otras cosas, fue pionero en muchos conceptos de los que hoy se entienden como modernos, o avanzados. Y sin el cual las ligas de Benítez no se explicarían.

Pero para ello haría falta tener un club, uno que sintiera orgullo por su pasado, y respeto por sus héroes. No una entidad dirigida por tipos que repudian de ello.

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