La reforma del entorno

Si alguna cosa ha quedado clara con toda esta crisis y movida social de los últimos tiempos es recordar la debilidad, o inexistencia, del entorno del club. Es la misma de siempre, no nos engañemos. Tal vez, más resaltada por el perfil de sus personajes, pero igual de decadente e insignificante.

Al final siempre recae todo sobre el anonimato de la masa, que ve su protesta o mal estar disgregado, sin la fuerza que requeriría ni cauce que desemboque en algo concreto. Tan siquiera su griterío obtiene una gran visibilidad. Cuando no lo acallan con megafonías que provocan bajadas de tensión, son analizados con desdén. Siempre se encuentra la excusa para darles una soberana ducha de condescendencia.

Solemos tratar a eso que llamamos entorno como algo abstracto, pero es una herramienta necesaria en momentos delicados. La fortaleza de un club se mide por la salud de su entorno. Y en el pasado, cuando de verdad hizo falta la movilización, tampoco estuvo ahí. A Soler, por ejemplo, no se le dijo ni pío hasta la famosa rueda de prensa de Villalonga en el palco, cuando ya era demasiado tarde y no había nada que hacer, más que gestionar una ruina que seguimos pagando. La operación PP ni siquiera se cuestionó, cuando cuestionarla era la única manera de tratarla. Hasta la etapa de Llorente, una absoluta pérdida de recursos y tiempo, era vendida con aplausos y mucho silencio cuando se requirió una visión crítica y exigente de la misma.

En comparación, esto de ahora con Lim es una memez, pero imaginemos por un instante que no lo fuera. Estaríamos en las mismas. Llegando tarde otra vez, señalando al que protesta en lugar de al que ejecuta, enzarzados hasta espabilar sólo cuando las opciones sean susto o muerte.

Pretender vender conspiraciones, quejidos crónicos, y demás farándula cuando lo que ha predominado siempre ha sido el tragar y dejar pasar, es hasta divertido. Entre otras cosas porque para la revolución se necesitan líderes, creíbles y con ascendencia, además de altavoces, que ni existen, ni existieron, y probablemente jamás existan.

Es el gran drama del Valencia: Ausencia de un entorno sano. Sin análisis crítico. Para más inri, las pocas entidades que lo rodean, garantes en teoría de todo lo sagrado, viven dulcemente amordazadas. Silenciadas con convenios y prebendas. Meros perritos falderos con pase VIP. Hemos llegado a presenciar cosas tan alucinantes como al pequeño accionista defendiendo al máximo accionista. Unas peñas, que por no hacer no hacen ni tifos, ejerciendo en más de una ocasión de portavoz del club cuando su cometido debería ser el contrario. Acompañado todo de una prensa con una tremenda crisis de credibilidad a ojos del consumidor, cuyos popes no superan la caricatura, deslegitimados en muchos casos dada esa tendencia tan habitual a vender su alma al diablo por una trinchera, convencidos de que es la única manera de sobrevivir (o hacerse un nombre).

Fuera de eso, la nada. Y en esa nada está vendido el aficionado. Y con él la misma institución. Tal vez sea el momento de que los distintos actores del mal llamado entorno sean repensados. Preguntarse las peñas si de verdad necesitan a la Agrupación. O a esta Agrupación. Encontrar el aficionado común una manera de articularse para defender sus intereses sin depender de altavoces silenciados o que directamente los ignoran o pervierten.

La contemplación hizo demasiado mal como para que sigamos pregonando inmortalizarnos en ella. Sólo por la experiencia vivida la conveniencia de la protesta, o la queja, debería ser más respetada. Porque aquí no hay más intereses ocultos que el interés en que nadie abra la boca. A malas, prefiero un exceso de celo a seguir como si nada fuera con nosotros para escandalizarnos muy fuertemente después porque nadie dijo nada. Que es lo que lleva sucediendo desde hace treinta años. Quejarse cuando el cuerpo está en la caja no vale para nada.

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