Partidos abiertos, objetivos perdidos

Hay cierto tabú en decirle cosas a Celades. De hecho, se sobreactúa endosándole virtudes que igual, llámame tikismikis, son un tanto ridículas. Es comprensible. En el fondo resulta inevitable verlo como otra víctima colateral del huracán Meriton. Otorgándole cierta inmunidad. Pero si ocupa el banquillo habrá que tratarlo con normalidad.

Uno de esos argumentos recurrentes en los esfuerzos por levantarle altares habla de la gran capacidad que tiene para rectificar sobre la marcha. Es una virtud estupenda y muy valorable en condiciones normales. Pero me llama la atención que su planteamiento inicial siempre se muestre incorrecto a los pocos minutos, viéndose obligado a cambiar. ¿Cómo planifica los partidos este hombre para que eso suceda jornada tras jornada?

Dicho eso, que en el fondo es una menudez, lo que me tiene más mosca es la mala disposición del equipo sobre el campo. Estamos acostumbrándonos, levantando tal vez un silencio extraño alrededor del hecho, a un equipo partido, largo, que necesita de sobreesfuerzos terribles para ocupar espacios y llegar a lugares que antaño se conquistaban prácticamente sin moverse del lugar. No es un XI coordinado en sus movimientos. Hablamos de un equipo que se pasa los 90 minutos corriendo tras de la pelota como si fuera su último día en la tierra. No es casualidad que salgas a 20 tiros en contra por partido. No hay centro del campo, es una autopista. Las distancias entre líneas son kilométricas. Siempre que cruzan la medular, siempre es siempre, se te plantan en el área porque no hay nadie que robe un balón, presione, haga una falta… se defiende, básicamente, por acumulación. Y a rezar.

Vamos a tener un serio problema el día que esos tiros a puerta dejen de ir fuera.

Es lo que explica que los jugadores acaben todos los partidos exhaustos. Tirados en el suelo cogiendo aire. ¿Por qué normalizamos que un futbolista se desmaye al acabar un partido? Están obligados a correr mucho y rematadamente mal para sostener el castillo de naipes en esa locura instalada de encuentros abiertos, de constante ida y vuelta, que acaban convirtiéndose en una ruleta rusa. De la que de momento vas saliendo airoso.

Precisamente, sin tal compromiso, casi kamikaze, sin esa voluntad, sería un absoluto desastre. Es lo bueno de esta película, que el querer del vestuario está sacando esto adelante sin tener demasiado a lo que agarrarse. Aunque también comporta algo negativo. Con tal desgaste partido tras partido el recorrido no puede ser demasiado largo. Este ritmo es insostenible. Incluso de llegar a marzo sin plaga de lesiones musculares, lo harás sin gasolina.

También hay una realidad invisible que nos cantan los números. Llevar 21 goles en contra (tampoco es casualidad visto lo visto) en 15 jornadas es una barbaridad si aspiras a acabar en el Top-4. Es una media de al menos 60 tantos en el zurrón a final de curso. El lastre de dicha endeblez defensiva solo se puede contrarrestar de dos maneras, cerrando la portería o anotando 80 goles en 38 jornadas. Cosa, que salvo sorpresa, no creo que ocurra.

Con ello, no sólo te obligas a la remontada constante, un esfuerzo físico más a añadir al pastel, sino a anotar un mínimo de dos goles para rascar puntos. En el celadismo es una constante: O metes dos, o pierdes.

Lo más llamativo de todo esto no es que ocurra, que lo veamos aunque luego la crítica lo silencie. Sino que es el propio Celades el que lo dice a cada rueda de prensa. No hay día que no pronuncie las palabras ‘encajamos más de lo que nos gustaría’, o ‘los partidos son demasiado abiertos’. Verlo, al menos, lo ve. Que es ya es un paso para solucionarlo.

No se trata de estilo, sino de equilibrio. El VCF emeriano no era barraquero, pero acababa siempre con un balance defensivo acorde con las cuatro primeras plazas, donde la historia estadística nos dice que sólo en una ocasión, en la 08-09, un equipo con más de 40 tantos en contra se coló ahí. Fue el Atlético, con 57 goles encajados… pero lo hizo gracias a anotar 80 (goles de campeón de Liga). La misma rareza consiguió el Sevilla unos años más tarde al quedar quinto con 61 tantos en contra (60 a favor). Lo normal, con esos guarismos, es clasificar por debajo de la octava plaza, ya que del quinto al octavo se suele acabar en una horquilla de 45 a 54 goles encajados.

No es de extrañar que otro discurso recurrente del andorrano sea deshacerse en elogios al esfuerzo de sus futbolistas. Sabe muy bien que con otro vestuario, ante esta manera madridista de afrontar los partidos, estaríamos hablando de jugarse el cargo en el Ciutat.

Sinceramente, en casi tres meses en el banquillo, a pesar de todas las dificultades, y con la enorme base heredada, esperaba ver un VCF más trabajado. Contar con un equipo comprometido invitaba a ello.

Partidos abiertos, objetivos perdidos

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