El buen central

Con Garay sucede algo extraño, se le trata como si no existiera. Es una figura inadvertida, de una actuación silenciosa. Nunca se le señala, nunca se le menciona, nunca se le destaca, pero siempre está ahí. Moviéndose como un bailarín de ballet.

Tal vez sus formas refinadas le resten brillo en un mundo tan arcaico y primario. La elegancia de sus movimientos combinan con una corrección táctica al alcance de muy pocos. Son virtudes que no sólo le convierten en indiscutible (y con todos los entrenadores que tuvo), sino que además lo elevan a figura perentoria en este engranaje: El de corrector.

Función que equilibra y completa a su compañero. Porque su misión no sólo se reduce a parar al oponente, sino a tapar los defectos o errores de su pareja.

Por eso, ante su ausencia, todo es distinto. Pues lo peculiar del argentino no es que se note cuando está, es que se nota mucho cuando no campa sobre el terreno de juego. Trata de un potenciador, de trasiego en slow motion apañándoselas para llegar a todas partes antes que nadie sudando la mitad. Precisamente, por carecer de esa explosividad que demanda un fútbol todavía acomodándose a los liderazgos blandos se le niegan los focos.

Es como las acciones reflejo de nuestro cuerpo. Está siempre ahí, a pesar de nuestra ignorancia, para explicarlo todo. En los momentos álgidos, o en los peores, su fútbol aprueba con nota. Es difícil encontrar una mala actuación del argentino en las cuatro temporadas que lleva en Mestalla. No trata de una simple cuestión de elegancia, es sobre todas las cosas, una cuestión de rendimiento. Pocos centrales han dado sus prestaciones, han aportado lo que él aporta al grupo, o han mostrado una actitud profesional y humana tan marcada. No es sólo un futbolista, también es un líder. Una persona. Un ejemplo más para retratar a un vestuario que destaca por el compromiso adquirido y la contundencia de su mensaje comunitario.

Y tal vez en todo ello, o sólo en eso, resida la tristeza de su potencial salida. Se da tanto por hecho como se habla de ella con ligereza, sin tener en cuenta la dificultad de encontrar un perfil de futbolista que mantenga el nivel del hasta ahora mejor central de la plantilla, y complete a ese nivel a su par. Sin tipos como Garay criar a alocados muchachos como Mouctar Diakhaby resulta más complicado. Tanto como domar a defensas tan temperamentales como Gabriel. Sin Garay lo que pierde la zaga valencianista no es sólo corrección tácita, es, sobre todas las cosas, materia gris. Frialdad en plena ebullición. Visión periférica.

Contar con alguien que casa (tan eficientemente) con todo el mundo es un lujo al alcance de muy pocos bolsillos.

Igualmente ayuda a entender la grandeza de este equipo. Aunque la turba de chafacharcos jamás lo entienda, estos niveles sólo se consiguen sumando elementos como el argentino, a tipos como Wass, Gabriel, Coquelin y cía, lisiados y descartes, trabajadores incansables, y no personajes absurdos que sólo coleccionan skills en youtube y portadas facilonas.

Que son, me temo, la gran amenaza para este grupo y el breve paréntesis de estabilidad vivido. Un final llegado no con un gran aplauso, al estilo de la República Galáctica, sino con bonitas y mentirosas portadas incitando a los histéricos. Lo triste es que llegado el caso se abrazará con entusiasmo esa vía, como siempre se hizo. Luego vendrán los lloros. Las valoraciones póstumas y arrepentimientos. Cuando no hagan falta, ni aporten nada.

El buen central

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