La Champions como broche final

Nada como ver al VCF descalabrarse, perder estatus, prestigio y todo lo que se puede perder en su constante y fallido intento de reengancharse a la vida para encontrar a los nuestros sorprendidos de ver a rivales encalando al equipo en el furgón de cola.

Mira, al Valencia nunca se le tuvo en consideración. En los inicios se le despreciaba por ser un invento moderno, primitivo, perteneciente a un fútbol destartalado como el valenciano. Le miraban mal por no ser de los históricos. En plenitud, siempre se sospechó de su éxito, como ese hijo de labrador que hace carrera e intenta meterse en los círculos elitistas de la aristocracia y las dinastías burguesas. Nunca le consideraron uno de los suyos, por mucho que triunfara en la vida. Otro día hablamos del absurdo empeño que tenemos en querer pertenecer a esos círculos de mierda.

Pretender, encima, que la década negra, la de la transformación del fútbol moderno, que pasaste en la trastienda te saliera gratis es de ingenuos. Hay dos generaciones, los adolescentes y los veinteañeros, tres si añadimos a los niños, que lo único que han conocido del VCF son ridículos, escándalos, mamarrachadas, y clasificaciones mediocres. Un meme. Le sales en un sorteo de Copa a un Segunda B y se llevan un chasco, porque esperaban un grande. Sales a Europa y eres un alivio por evitar a los cocos.

Además, en eso, tu historial no ayuda tampoco. Es el artilugio que utilizamos para decorar nuestra particular cueva, pero los números, quitando las finales de principios de siglo, en la máxima competición no se distinguen en nada de los del Bayer Leverkusen o el Basilea. ¿Cómo ves tú a esos equipos? Pues así te ven a ti ahí fuera.

Y me parece estupendo. Así, con empresas como Panini negándose a sacar cromos del VCF para su edición de la Champions del 2000, o las risas que provocaba emparejarse con los de Cúper, es como se dio la campanada hace veinte años. En esos cimientos se sustenta la famosa voluntad de querer llegar. En esa realidad, rebelarse contra las miradas por encima del hombro y los desprecios, es como se hizo grande este club. Todo eso es lo que somos y seremos.

Lo que me preocupa es la pérdida de conciencia de clase que padecemos. En ocasiones parece molestarnos tanto lo que somos que nos pasamos la vida queriendo ser otro. Ir por ahí, precisamente nosotros, subestimando a equipos como el Atalanta, que bien nos podría dar varias lecciones en muchas cosas, es el tipo de pecado que nos ha llevado a la miseria actual. Ponerse la camiseta del murciélago no transforma a petardos en cracks, ni te hace golear a la Cultural Leonesa por arte de magia. Aquí se viene a sufrir. Aquí se triunfa dejándoselo todo en el campo. A bracear contra los elementos.

En eso residen todos mis temores. Pocas dudas del resultado, en cuanto a imagen, tendría si en lugar de los italianos fuera el PSG. Con estas, no sé muy bien si resultará otro Mallorca, resolverás la eliminatoria en media hora o acabará igual que el famoso partido en Bremen con Emery. Como en aquella tarde alemana, ambos son propicios al estropicio defensivo, contando con elementos suficientes para destrozar al contrario explotando sus miserias en retaguardia. Aunque ahora son los de Gasperini quienes ofensivamente te sacan media cabeza.

Es el escollo más difícil que queda. En esta competición donde abundan colecciones de cromos y mega gigantes con eternas crisis internas, los equipos con ideas claras y entramados fuertes tienen muchas papeletas para convertirse en la sorpresa del curso. El que pase esta eliminatoria dará que hablar, más si le acompaña la suerte en el sorteo, por eso el encuentro es más importante de lo que parece a priori. Es la puerta a una nueva campanada histórica. Y por lo que respecta al VCF, de mostrarse de nuevo al mundo, a los que no lo conocieron y apenas saben, o recuerdan, algo de él. Para recuperar un poco de lo mucho que perdiste, o tiraste a la basura. Pero sobre todo es la oportunidad de darle una despedida dorada, y digna, al equipo del centenario. Consagrar su maduración. Prolongar un poco más este pequeño oasis de dos años en mitad de tanta inmundicia. Merecemos, y merecen sus autores e integrantes, un final así en lugar de resignarse a otra mediatabla bañada en ridículos.

La Champions como broche final

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