El partido del siglo

Todavía recuerdo el dolor de cara producido por horas y horas de sonrisas. Ahora hace un año del partido de leyendas, el día más feliz del valencianismo militante. Era una sensación poderosa tomando Mestalla, parecíamos estar todos viviendo un sueño, como algo irreal. Una especie de nirvana colectivo. Reencuentros, reconciliaciones, y lo más importante, un abrazo hacia dentro restaurando heridas de unos años bastante asquerosos.

Puede que sin esa penitencia hubiera sido distinto. Hartos de que el VCF doliera tanto fue el culmen a un proceso de restauración emprendido 24 meses atrás. De repente, el Puto Valencia again. De repente, lo mejor de nuestras vidas otra vez de corto sobre el césped. La fogosidad de un polvazo tras un reencuentro anhelado haciéndonos jadear a todos. La lástima es que no supiéramos mantener/extender ese quemazón en el tiempo, como no hemos sabido hacer nunca con nada. Pareciendo una condena divina esa de que aquí lo bueno dure menos que un fogonazo. Breve, pero tan intenso como estruendoso.

Quizá tal brevedad sea lo que lo hace especial. Lo dicho tal vez sea el efímero legado de una efeméride tan poderosa que lo convertirá en una guinda incluso más grande que el título final por lo que comportó. Seguramente para aquellos que lo vivimos será así, una tarde perviviendo tanto o más que el recuerdo al trofeo conquistado en Sevilla.

Fue un día de mirar a todas partes y ver a abuelos junto a sus nietos, cada uno con su VCF, y ambos con el mismo, de ojos vidriosos o rostros escenificando el órgasmo espiritual que padecían, redescubriendo, unos, y coscándose por vez primera otros, que lo más importante está fuera de las vitrinas. De que el muerto seguía muy vivo a pesar de tantos intentos de homicidio. Una tarde en la que además muchos futbolistas, presentes y pasados, entendieron la verdadera dimensión de la entidad y la responsabilidad de llevar, o haber llevado, esta camiseta. El rostro de un Castellanos atacado por la enfermedad más cruel, o la plorera de Cañizares enfrentándose a sus demonios, son poderosas síntesis emocionales a ese proceso.

Personalmente, nunca había experimentado una sensación de paz y felicidad tan intensa como la vivida aquella velada. Hasta la luz del atardecer cayendo sobre las gradas remató un decorado inmejorable. También fue una jornada para entender que ante la ausencia de club, existiendo agentes sociales, siempre habrá Valencia. Es el poder que desconocemos tener: Organizados y decididos somos más fuertes que cualquier debacle que se avecine. Porque mientras quede un valencianista en pie siempre existirá el VCF.

El partido del siglo

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