Llorar, y celebrar, París

Perder finales es jodido. Da igual que lo esperes, que te hagas a la idea, que confíes en ese pálpito que te avisa durante días, o semanas, de que algo no va bien. No estamos preparados para la derrota. Menos para una tan dura como aquella. La competición que se marcó el VCF fue tan excelsa que resultaba inverosímil que el último partido acabara de dicha manera. ¿Qué necesidad había? ¿Qué costaba preparar un The End épico acorde al papel realizado durante el año? Puto karma de los cojones.

Un indicio de respuesta es ese patrón que aparece de manera constante cuando te adentras en la historia. Es el destino evitando en momentos clave que des el paso, un matón a la puerta del garito diciéndote que pringados como tú tienen prohibida la entrada. Siempre ocurre. Perder Liga y Copa en una semana. Tener dos dobletes consecutivos y quedarse sin ninguno. La final del agua, abriéndose los cielos cuando el partido estaba en tus manos… Aguilera en Tenerife; el Mbiazo. Disputar la final de toda competición europea existente y que estando Sevilla y ATM sin comerse un torrao en 60 años se hagan mejor palmarés que tu en menos de un lustro. Que en vísperas del partido más importante de tu historia se te lesionen dos jugadores clave, más la sanción absurda de un tercero, para saltar al verde de Saint Dennis con apenas nueve futbolistas es otra muestra de esa especie de frontera que te ha puesto la vida.

Todo se reduce a eso, a una derrota eterna. Sumando lo perdido queda mejor palmarés del que tienes con lo ganado. Un club perdedor, perdedor sin término medio, incapaz de leer los tiempos. Uno que jamás supo, ni tampoco dejaron, rematar la faena.

Ese quemazón que te invade el pecho ante la desfeta es una de las cosas más desagradables que te pueden suceder en una vida de comodidades. En el fondo tenemos la suerte de que nuestros dramas se reduzcan a algo tan absurdo como el fútbol. Pero aunque lo sepas, y te lo repitas mil veces, ese dolor es tan real e intenso como el mayor desgarro que te puede deparar la existencia. Si te ocurre a los quince años, ignorándolo todo de la vida, es mucho peor. Pegó fuerte. Sientes la debilidad tomando el control del cuerpo, manejándose con pesadumbre. A la mañana siguiente todavía duele más. Una mala resaca. Sigo sin saber por qué lo hice, pero a un día zombie, de no saber si estabas vivo o muriéndote, desficiós, de estar sin estar, le faltaba aquella tortura autoinfligida, como si no hubiera tenido bastante durante esos minutos eternos en los cuales se desmoronaba todo con la impotencia de no poder hacer nada. El impacto de la grada naranja que mostraba la TV a modo de lástima, con todos llorando, con las manos en la cara mirando al suelo, abrazados, pintando la última media hora de partido, seguía viniéndome a la mente cada dos segundos. Pero allí estabas tú, como un Chinasky cualquiera, en sobrio pero totalmente ido, frente al aparato, pegado a La2, papándote la retransmisión de la llegada del Campeón y la posterior celebración.

No recuerdo cuándo acabó, pero sí su inicio: las seis de la tarde. Hundido en el sillón, en penumbra, cayendo en el pozo al ritmo que avanzaba la caravana, era un mueble, petrificado, atrapado ante el influjo de aquel televisor Sanyo. Conforme se adentraban en la ciudad, más oscuro se volvía todo. Más enganchado quedabas. Era algo absurdo, ¿qué sentido tenía ponerse frente al aparato a ver al rival celebrar un título que pudo ser de otros, llorando como un subnormal? No era odio, ni envidia, ni rabia… pura pena más bien. El azote de la oportunidad desaprovechada. La certeza de estar ante la primera, y probablemente, la única. Y un poco también ver cómo se celebraba una Copa de Europa, lo cual despertaba la indignación al verlos sumidos en la rutina, como ante una performance callejera que te topas de repente al girar la esquina. Ni un ápice de pasión, ni una mínima exageración. Plano. Seco. Formal. Sin apenas gente hasta llegar al estadio. Además del 3-0 había que aguantar tal desprecio a la gloria. Imaginando, para más dolor, lo diferente que hubiera sido aquí.

No lloré al acabar el partido, ni después. Pero ante aquello sí, cada vez más. Fue peor verlos celebrar que aplastándote en el campo. Salvo en dos ocasiones, París y Milán, nunca he llorado por el fútbol. Nunca he sentido pena, dolor, malestar, ni nada que se le parezca por perder un partido, salvo con París y Milán. Nunca miro al pasado con nostalgia o romanticismo, ni con arrepentimiento ni pena, ni para buscar un tiempo mejor, salvo por dos episodios: París y Milán. Son los traumas. La espinita clavada. Las heridas abiertas. Todavía soy incapaz de ver una sola imagen de ambas finales. Ni creo que pueda hacerlo hasta que no cicatricen, con la probabilidad, más real que nunca, de que tal cosa jamás se pueda conseguir.

Al menos aquellas lecciones trajeron algo positivo, un signo del que poder estar satisfechos. Y es aceptar la derrota con orgullo. Aprendimos a transformar las finales de Champions en un casi título, mutar el dolor en éxito, en lugar de que gangrenara y nos llevara a un nostálgicidio sin futuro. Un distingo. Una reacción lógica en suma, pues la derrota es el estado natural de la vida. ¿Quién gana? ¿Cuántos ganan? ¿Cuándo se gana?, es tan efímero como ocasional. A los tres minutos del triunfo vuelves al punto cero, a situarte al mismo nivel que el resto, a quedar en el olvido. Mientras que perder es la cotidianidad. Por eso es importante seguir recordándolas, resultan los únicos ítems que nos sacan de esa mentira establecida post 2004 de equipo ganador, resultando el único instante donde abrazamos sin complejos (y más importante que eso, la entendemos) la realidad del VCF. Importa hacerlo ya que perder nos enseña a mejorar. Es su legado más sagrado. Sin aprender de aquello, sin esa voluntad de querer llegar resucitada, todo lo que vino después no hubiera ocurrido.

Llorar, y celebrar, París

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