El funeral

Lo único positivo que tiene Meriton es que se repite como un loro. En este impasse post funcionario regresan a nuestras vidas los viejos argumentos de siempre: Ya suena el hit del entrenador-mánager. Lo del DD siempre les resultó molesto o innecesario, por eso los pocos que aceptaron tener acabaron ocupándose de asuntos menores. Ocurre porque una dirección deportiva profesional implica una estructura y un poder que inevitablemente le quita protagonismo a Mendes & asociado. Que fue el verdadero motivo de las voladuras. De todas. Es la razón por la que les cuesta tanto elegir personal capacitado. Cuando deciden ellos se mueven en los extremos. O inexpertos que no han cogido nunca un toro por los cuernos, de la cartera del amigo, o viejas glorias con más años inactivos que un DVD.

Tienen una concepción del fútbol tan peculiar que se cagan a cielo abierto en la ruta canónica para construir un club. Iba a decir que son incapaces de entender que el éxito necesita un ecosistema que lo propicie, que nunca pasan de la mera apariencia, pero ha quedado demostrado ya, a base de repeticiones, que el éxito o les molesta o se la pela. Como dijo el hijo del dueño, para ellos significa algo distinto a lo que nosotros tenemos en mente.

Tal vez por eso vivan en el convencimiento de que esto va de juntar jugadores sin ton ni son. Un puzle de piezas que no encajan acopladas a trompazos hasta construir una imagen desigual e inconnexa porque el verdadero fin sea mover la mercancía. Así son los métodos que han traído una crisis tras otra en estos seis años. Regados de excusas repetitivas confundiendo el coste con el rendimiento. La mezcla con un equipo. Soltando a un entrenador al ruedo desprovisto de todo lo demás esperando, como quien espera un milagro, a que funcione por arte de magia. Y sin molestar, oiga.

No, mira. Un vestuario, como la sociedad, o cualquier grupo de personas, necesita una causa para moverse. Liderazgos, objetivos, motivaciones. Respeto. Códigos. Certezas e intangibles. Todo lo que Meriton desprecia. Si la manada echa una mirada a las espaldas del técnico y ve que detrás no hay nada, ni nadie, sumando que es una figura de escasa o nula autoridad o ascendencia, no rinden por más calidad que atesoren. Aquí y en cualquier sitio. Basta tener más de cinco años de vida para saber esto, conocer un poquito el fútbol, o no concebirlo como un producto financiero.

Por ello, para Meriton, la culpa siempre es de los futbolistas. Siempre. Bajo cualquier circunstancia. Lo dijo Layhoon, “nosotros no jugamos los partidos”, y lo repite el indecente de Anil con sus filtraciones y pullas. La realidad, aunque les duela, es que lo que se ve en el césped siempre es un reflejo de lo que ocurre en los despachos. Porque lo del césped se engendra en los despachos. Suerte han tenido que este grupo fuera construido por profesionales que primero miraban la cabeza y después las piernas, porque son los que verdaderamente han sostenido el club desde septiembre sorteando toda clase de palos en las ruedas. Con otros, en lugar de verte peleando por Europa a falta de dos jornadas, estarías mirando al antepenúltimo de la tabla.

Con estos cocineros y la misma receta, una que sale a una ingente cantidad de compras y traspasos, a tres entrenadores y otros tantos directores deportivos al año, es algo que padeceremos en el futuro como lo hicimos en el pasado.

Una manera de hacer las cosas que a la larga es más probable que te lleve a segunda división que a una final de la Champions League. Te has equivocado con entrenadores, con jugadores, hasta de vida, pero hasta ahora siempre tuviste un gol de Piatti de rebote, u otro de Enzo Pérez en el descuento, que evitó verte a dos puntos del descenso a falta de tres/cuatro jornadas. A base de tentarla, un día esa suerte te será esquiva y lo pagarás caro. Y lo peor, mientras alguno sigue engañándose, otros aprovechando estas situaciones para ver si está todo tan mal que les cae un carguito, o el resto mira para otro lado como si así fueran a solucionar algo, es que no podrá sorprendernos porque llevas años empeñado en comprar todas las papeletas.

La última: Desmontar un equipo campeón y reconstruirlo en un contexto de reducción presupuestaria de 80/100 millones sin estructura deportiva y tirando de catálogo.

Luego, los dramas.

El funeral

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