El hombre de la foto

La memoria es extraña. Una pregunta de un gallego que decora figuritas del subuteo hizo darme cuenta de lo difícil que es retener ciertos detalles. ¿Iba el VCF en la final de 1934 con pantalón rojo, o negro? Hace años que llevo documentando las equipaciones (y complementos) del club en sus primeras décadas de vida, y otros tantos con la final del 34. Hubiera jurado, sin embargo, que ese partido se jugó de granate de pies a cabeza.

Comprobar el dato me hizo toparme con un sinfín de fotografías que había visto mil y una vez, y observar, con asombro, que efectivamente, las calzas y los pantalones tenían pinta de ser negros. Tenían porque las imágenes de periódico, por su mala calidad, no es la primera vez que me llevan a engaño. Los originales, a mayor resolución, muestran cosas que en la desgastada página de un diario no se aprecian. Esta vez, coincidían a pesar de que en los miles de textos no se hace referencia a nada que no sea la ya famosa camisola granate con la senyera en forma de uve sobre el pecho.

En ese ejercicio di con otra fotografía. Una que también había visto miles de veces pero que tampoco recordaba el detalle que ahora me llama la atención. De aquel desplazamiento a Barcelona de 1934 he visto de todo. Viajes de aficionados en bicicleta, en mobylette… camionetas que en el día a día transportaban animales, o fardos, aquella jornada se llenaron de gentes hacinadas rumbo a Montjuïc. Vagones de tren tan atestados que imitan las estampas que nos llegan de la India. Colas kilométricas para comprar entradas; reventas con episodios mafiosos para hacerse con un billete. Viajes en barco con ilustres a bordo llenos de anécdotas. Las Ramblas invadidas por miles de personas haciendo sonar tracas… pero nunca leí nada sobre un señor en silla de ruedas.

Mírenlo. Está en la bancada valencianista. Al fondo se ven dos senyeras al viento. Los banderines que una tienda local regaló a los viajeros, presentes. Puede que sea un barcelonés curioso que se acercó al encuentro. Puede que resultara uno de tantos valencianos emigrados a Barcelona que hizo el esfuerzo de subir a Montjuïc. Tal vez, fuera realmente un valentino que se metiera un viaje de aquella envergadura, sin medios adaptados, ni comodidades de ningún tipo, para asistir a la primera final de su equipo.

Desde el principio, las escenas de pasión de la masa valencianista fueron increíbles para un club recién fundado. En 1934 apenas tenía 15 años de vida y ya era capaz de arrastrar veinte mil personas a una final. Y con anterioridad, echar a otras miles a las calles a celebrar triunfos memorables en el campeonato de València o en la Copa. O desplazarse un centenar a Castellón en 1921 para un derbi que acabó a tortas. Detalles que contrastan con el tiempo necesitado por otros clubes para amasar tales adhesiones, asunto que aquí surgió desde la misma fundación de la entidad.

El misterioso hombre en silla de ruedas (por la polio, por un accidente laboral, tan habituales en aquellos tiempos, por lo que fuera…) es una metáfora de todo eso, y de nosotros mismos. Una representación ajustada de lo que es capaz de hacer la gente por su equipo cuando hay voluntad. A pesar de los impedimentos, de los imposibles, de tener la razón en contra, el pueblo de Mestalla es capaz de lanzarse al ruedo y sortear todos los ‘estás loco’ que le caen encima. Es un poco la situación en la que nos encontramos actualmente. Impedidos, sin herramientas para salir adelante ni revertir la tiranía destructiva que ejerce Meriton sobre el murciélago. Pero sin embargo, aquí estamos, dispuestos a presentar batalla.

Reconozco que soy pesimista, ni tengo, ni encuentro, soluciones al problema. Creo firmemente que el VCF está condenado, que es un preso en el corredor de la muerte esperando su ejecución, gastando a la desesperada los últimos duros que le quedan en recursos para que le repitan el juicio en un sistema que juega en su contra. Y que es bastante probable que acabemos en segunda en dos años, o abordando una intervención judicial previa a la liquidación, antes de librarnos de Meriton.

Pero los pesimistas no tenemos porque tener razón, además, no aportamos gran cosa. Es más, sobramos en esta historia. Al club lo salvarán aquellos que crean que pueden salvarlo. Lo hemos perdido casi todo, en esta lucha por recuperar el VCF solo podemos ganar. Las plataformas que van surgiendo, la cantidad de gente joven que ha recogido el testigo y ha decidido que resignarse no es una opción, son como los señores de la foto. Los que conseguirán encontrar una vía, aunque sea a base de ensayo y error, porque no tienen miedo a la dificultad que tienen ante sí.

Como nos dice el protagonista de la imagen, hace más el que quiere que el que puede. Voluntad surgida de la misma raíz del Bar Torino, trayéndonos al siglo de vida a base de escalar muros más altos que el de Invernalia. La fuerza de un sentimiento que salvará al club de lo que sea, aunque haya que recogerlo a pedazos y volver a juntarlos. La razón por la cual el VCF nunca morirá por mucho que lo maten.

Perquè haurà un dia que no podrem més i llavors ho podrem tot, como dice el poema de Vicent Andrés Estellés.

El hombre de la foto

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