De Maximino me fío

Cuando lo vi recoger el balón de la red tras anotar un gol testimonial en la humillante goleada que marcó el estreno de Celades, y poner rumbo al centro del campo con la determinación de quien espera una remontada, supe que Maximiliano Gómez, Maximino para los amigos, era un tipo fuertemente adorable.

De él, hoy, se han olvidado las crónicas, más pendientes de facturar a amiguetes y edulcorar una realidad tétrica con lemas de sobre de azúcar. Que es para lo que sirven esos martirologios. Para llenar vacíos. Pero el hombre del caballo, que se toma su tiempo de descanso con la seriedad de un obrero, ignorando que medio mundo se está matando para localizarle y firmar su primer contrato millonario en el fútbol grande, fue el verdadero autor del punto ante el Getafe.

En realidad, viene siendo, desde el estreno de la competición, el único jugador que está rindiendo al nivel del viejo VCF. Aquel, ¿recuerdan?, que tenía aspiraciones importantes. Y lo hace al modo del exputo VCF. Un apéndice del pasado en un presente de futuro incierto. El faro en la tormenta, transformando en goles los tres únicos balones que le han puesto en el área.

En un fútbol antiguo, sin VAR, la actuación dominguera de Maximino hubiera protagonizado portadas. Estaba en su salsa. Uruguay contra Argentina. En esa lucha de codos y fútbol para listos provocó un penalti, que te dio el punto, y una casi expulsión, que sin tecnología hubiera igualado la inferioridad numérica y devuelto al equipo el dominio en el fango que estaba teniendo hasta el sainete del actor secundario Bob.

Se las supo todas, porque a ese juego, a un uruguayo, no le ganas jamás.

Y es, precisamente, lo que necesita este equipo ahora mismo, jugadores que jueguen todas las semanas la final del Mundial; desoyendo los malfarios que asaltan a los que estamos al otro lado. Laterales italianos como Gayà, uruguayos como Gómez, recogiendo a piñas un balón de la red en el minuto cien para ver si con suerte todavía cae el tercero. Creer, en definitiva. El carácter que más falta en el banquillo.

En estos tiempos de asimilar que la realidad del club es la misma que la del Cádiz se requiere gente que esté dispuesta a moverse sin complejos en esas arenas. Que convenza a sus jugadores de que son mejores de lo que creen en lugar de repetirles machaconamente que no valen para los altos vuelos. Tipos que sabiendo lo que hay pongan su esfuerzo en tales batallas. Por eso sería importante tener un entrenador que deje de llorar porque vino a jugar la Champions y le han dejado un guiñapo para quedar el que hace diez, con suerte, y sienta la lucha por la supervivencia con la emoción de un enajenado.

Necesitamos actitudes Gattusianas, Cerveristas, no tristeza.

Necesitamos tipos como Maxi. Miren su rostro cuando juega. Goza. Donde otros ponen cara de angustia o dilatan sus pupilas de pura ansiedad, él, sonríe. Viaja por el césped con la mirada del tigre y la seguridad del que sabe que la puede liar en un descuido. Nos salvaremos por ahí.

Solo queda afrontar el año con la misma actitud que lo hizo el equipo el domingo, tal vez el primer día en el que se convencieron de su realidad y se ajustaron a ella. 120% o muerte. Es la lección que dejó el partido. Aferrarse a los 90 minutos como si fuera el último día en la tierra (porque puede serlo) y utilizar todas las armas disponibles para obtener ventaja en la desigualdad que tiene este grupo con 10 equipos de la liga. Eso, y esperar que al uruguayo le caiga medio balón en el área, porque el rematador de freezers los enchufa todos sin distinción.

Ahora lo venden en enero. LOL.

De Maximino me fío

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