La superliga como fin

Cuando llevamos tanto tiempo con rumores y planes secretos para crear una superliga europea es porque realmente se está moviendo entre bambalinas. Ya filtró footballeaks documentos internos de la ECA con protocolos y hojas de ruta para su creación. Y ahora, últimamente, hemos visto a los dueños de Liverpool y Man.Utd impulsando su modelación, o al expresidente del Barça hablando de su inclusión definitiva.

Nos escandaliza mucho, y nos llevamos las manos a la cabeza con estos asuntos en cuanto nos los dan a conocer, pero en el fondo es una evolución natural. Estamos ante el mismo proceso que en los años 30 del siglo pasado acabó con las competiciones locales y trajo la creación de las ligas. Con el añadido del ultraliberalismo que ha invadido al fútbol moderno. Recetas, permitidas por la progresiva desregularización, eliminando todas las barreras proteccionistas que aseguraban la igualdad y la competitividad, que han conseguido que un deporte que estaba enfocado para la clase trabajadora, con sus héroes autóctonos y sus rivalidades de barrio, haya derivado en lo que propugna el liberalismo: Un negocio gestionado por grandes fortunas que ha convertido a los ricos en megaricos y a los pobres en megapobres.

Eliminado ese principio de igualdad, permitida y jaleada por clubes y aficionados en su paranoia de más y más jugadores rutilantes que conviertan en instantáneo el triunfo, las competiciones nacionales no tienen sentido. Pongámonos en la piel de un megaclub. ¿Qué aliciente tiene que el Bayern, la Juve, el Barçadrid, o el PSG, ganen todos los años su competición por la flagrante ausencia de competencia dado el tamaño que han adquirido? Para ellos es un bodrio. Tanto, que ganar un doblete doméstico, un día histórico no hace tantos años, es motivo de destitución si no brillas en Europa.

Enfrentamos ante situaciones anómalas. En todo el siglo XX sólo se ganaron tres tripletes, en lo que llevamos de siglo XXI ya se ha doblado esa cantidad. Nunca en las grandes ligas se habían ganado más de tres o cuatro campeonatos seguidos, ahora asistimos al octavo y noveno consecutivo como si nada. Puntuaciones que antaño se consideraban inverosímiles forman ya parte del día a día. Con 72 puntos ganabas una liga, hoy, con suerte, quedas cuarto.

No es una defensa al tinglado, es una resignación. Una con mucho sentimiento de culpa. Con ese enfermizo ‘spend, spend, spend’ por la intolerancia a necesitar cuatro o cinco años para construir un equipo hemos empujado a los clubes a abrazar estas mierdas hasta convertirnos en víctimas de nuestros propios deseos. En todos los lugares del mundo se han recibido a dueños millonarios con fanfarria y alboroto por la promesa de gloria que significaba (el principio de un club de socios al garete también por perseguir ‘ese sueño’). Aunque tales aventuras, realmente sólo un reducido número de casos han tenido éxito, haya acabado en ruina para esos clubes. Hemos asimilado tanto ese circo que hoy día, aunque las superligas nos escandalicen, promulgamos el desprecio a las copas, a las competiciones europeas que no son la Champions, y utilizamos con fulgor y cotidianeidad palabros como ‘fracaso’ o ‘mediocre’ con el tono despectivo que caracteriza al clasismo.

Nos gusta ir de oposición, pero no dejamos de utilizar su mismo esquema mental.

Nos situamos en la frontera de un cambio de paradigma, tal vez sin vuelta atrás. Volver a regular se antoja complicado cuando los entes llamados a hacerlo, como UEFA o Federaciones, no sólo están en manos de los clubes, sino que se pliegan a sus deseos sin miramientos. Que el mismo presidente de la UEFA forme parte de esas reuniones secretas para crear una superliga ya dice mucho de lo irreversible que es todo esto.

Un cambio de paradigma que supondrá, como supuso la creación de la Copa de Europa, la extinción de muchas realidades e imprevistos cambios de rol. Los grandes de principios de siglo XX acabaron siendo los modestos de la última mitad de centuria (el tsunami vivido en aquella época se relata muy bien en el libro Hombre de Fútbol). Todo apunta que el destino de entidades como el VCF en el XXI será idéntico. Condenado a quedarse fuera de ese circuito y lastrado por su propia espiral destructiva no tendrá cubierto en dichos banquetes. Mejor ejemplo que el mestallero de cómo la ambición desmedida acaba con tu vida no hay. Ya su inclusión en el fútbol profesional fue milagrosa, más fruto de un arduo trabajo de despachos y presión encabezados por Luis Colina y su red de influencias que por el derecho deportivo. Hoy, cien años después, descabezado y sin fuerza institucional, no tendrás ni una cosa ni la otra.

No lo tenemos en cuenta cuando hablamos de futuro, pero si fueras un comisionista ¿te interesaría más ser la granja de una élite que te asegura millones y beneficios cuasi netos, o un club que exige inversión constante y un alto coste para mantenerse en las alturas sin un retorno claro?

Puede que esta muerte en vida, en el fondo, no sea más que una oportunidad para renacer. Queda la esperanza de que mientras los grandes se devoran a sí mismos, se desprenden de su base local de aficionados para jugar partidos en Shanghái o Tokio, y adoptan el inglés hasta el ridículo más snob ignorando el idioma que hablan los suyos en sus pueblos y peñas, el fútbol clásico se reorganice, se recomponga, y en ese segundo plano recupere a toda la gente que ha quedado por el camino devolviéndole el viejo lustre de antaño. Imagina ese mundo de superligas creadas para público asiático y estadounidense jugando cada tres días, mientras en la vieja periferia europea, alojados en campos de barro con 20 mil espectadores, redescubrimos el placer del fútbol. Un fútbol nuestro, ante futbolistas torpes, con pieles colgando e incapaces de hacer una finta sin romperse el ligamento cruzado, que acabe socavando los fundamentos de unos megaclubes que caminan en dirección contraria.

A lo mejor tal fin supone el reinicio. Aunque eso mismo pensaban los defensores de la tesis amauterista hace un siglo.

La superliga como fin

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